Este domingo, decenas de miles de corredores cruzarán el puente Verrazzano-Narrows para celebrar la 50.ª edición del Maratón de Nueva York, cuyo recorrido atraviesa los cinco distritos de la ciudad.

Detrás de este espectáculo internacional, que atrae a millones de espectadores y deportistas de todos los rincones del mundo, se encuentra la visión de un hombre: Fred Lebow, un sobreviviente del Holocausto que transformó una carrera local en un parque en una de las tradiciones más emblemáticas de Nueva York.

Nacido en 1932 con el nombre de Fischel Lebowitz, en Arad, una ciudad de Transilvania, al oeste de Rumania, era el sexto de siete hijos de una familia judía observante.

Durante el Holocausto, su padre fue enviado a un campo de trabajos forzados. Más tarde, la familia supo que muchos de sus parientes, entre ellos sus abuelos, tíos, tías y primos, habían sido asesinados por los nazis.

Separado de sus padres cuando apenas era un adolescente, Lebow pasó los años siguientes recorriendo Europa. Vivió en Bulgaria, Checoslovaquia, Holanda, Inglaterra e Irlanda, sobreviviendo en gran medida gracias a su ingenio y capacidad para arreglárselas por sí mismo.

No volvería a ver a sus padres durante quince años.

En 1951 llegó a Estados Unidos. Vivió durante un tiempo en Kansas City y Cleveland, hasta que finalmente se estableció en Manhattan.

De una pequeña carrera en Central Park al maratón más grande del mundo

En la década de 1960, los maratones eran una actividad reservada casi exclusivamente a deportistas experimentados. La idea de que neoyorquinos comunes y corrientes corrieran por las calles de la ciudad les parecía absurda a la mayoría de las personas.

Pero Fred Lebow pensaba de otra manera.

Junto con Vincent Chiappetta, entonces presidente del New York Road Runners, organizó el primer Maratón de Nueva York el 13 de septiembre de 1970.

El recorrido consistía en cuatro vueltas por Park Drive, dentro de Central Park, y el presupuesto total era de apenas mil dólares.

Lebow aportó 300 dólares de su propio bolsillo y pagó personalmente los premios para los ganadores.

Alrededor de cien espectadores presenciaron aquella primera carrera. Participaron 127 corredores, de los cuales solamente 55 llegaron a la meta.

Lebow terminó en el puesto 45.

Durante seis años, el maratón continuó realizándose dentro de Central Park.

La propuesta de llevarlo a las calles de toda la ciudad surgió de Ted Corbitt, presidente fundador del club, quien imaginó un recorrido que atravesara los cinco distritos de Nueva York.

Junto con otros organizadores, el alcalde Abraham Beame y los presidentes de los distritos, se propuso comenzar la carrera sobre el puente Verrazzano-Narrows.

Lebow, que para entonces era presidente del club y director de la carrera, inicialmente dudaba de que semejante proyecto pudiera concretarse.

Sin embargo, una vez que aceptó la idea, se convirtió en su principal impulsor. Comenzó a convocar a corredores de élite y a promocionar el maratón internacionalmente.

Con el paso de los años, aquella pequeña carrera se transformó en el maratón más grande del mundo, con aproximadamente 59.000 participantes en 2025.

La carpa del minián del maratón. - יאיר הנווט ,CC0, via Wikimedia Commons
La carpa del minián del maratón.
יאיר הנווט ,CC0, via Wikimedia Commons

Un minián antes de comenzar a correr

Lebow también se preocupaba por las necesidades de los corredores judíos observantes.

En 1983, un corredor llamado Peter Berkowsky comenzó a organizar un minián antes de la carrera, porque necesitaba reunir diez hombres judíos para recitar Kadish por su padre.

Aquel pequeño grupo de oración se convirtió en una tradición que continúa hasta nuestros días.

Cada año, antes de que suene el disparo de salida, los participantes se reúnen para rezar en Fort Wadsworth, en Staten Island.

Cuando el maratón de 1986 estaba programado para coincidir con Simjat Torá, Berkowsky llamó a Lebow para plantearle el problema.

Como resultado, el maratón fue trasladado al primer domingo de noviembre.

En los años en que la carrera coincidía con Rosh Jodesh y el grupo llevaba un Sefer Torá para realizar la lectura correspondiente, Lebow se encargaba de conseguir una carpa para que pudieran rezar.

Desde 2005, esa carpa es proporcionada por la organización New York Road Runners.

Una enfermedad que profundizó su conexión con el judaísmo

En febrero de 1990, Lebow recibió una noticia devastadora: le habían diagnosticado cáncer cerebral y los médicos le dijeron que posiblemente le quedaban apenas unos meses de vida.

Los corredores que participaban del minián del maratón comenzaron a recitar un Mi Sheberaj, una plegaria por su recuperación.

La enfermedad también lo llevó a profundizar su compromiso con el judaísmo.

En una conversación con el escritor Bob Brody, Lebow explicó que antes solía rechazar invitaciones a actividades judías, pero que ahora las aceptaba.

“Creo en Di-s”, afirmó. “Voy más seguido a la sinagoga. Leo más libros judíos”.

En 1992, cuando el cáncer se encontraba en remisión, Lebow decidió correr nuevamente el maratón para celebrar su cumpleaños número 60.

Llevaba el número 60 en su camiseta.

Antes de comenzar la carrera, se acercó al minián y se colocó los tefilín.

Berkowsky recordaría más tarde que, durante sus últimos años, Lebow se había vuelto cada vez más observante, y consideraba que el grupo de oración probablemente había contribuido a ese acercamiento.

Antes de correr el maratón de su cumpleaños número 60, Fred Lebow se acercó al minián y se colocó los tefilín.

Durante la carrera, mientras atravesaba Williamsburg, algunos espectadores jasídicos lo saludaban gritando:

—¡Shalom!

Y él les respondía con el mismo saludo.

Finalmente cruzó la línea de llegada después de cinco horas, treinta y dos minutos y treinta y cinco segundos.

Fred Lebow falleció el 9 de octubre de 1994 y fue enterrado en el cementerio Mount Hebron, en Queens.

Fred Lebow
Fred Lebow

La carpa del minián del Maratón de Nueva York. Foto: יאיר הנווט, CC0, vía Wikimedia Commons.

Una tradición judía que continúa creciendo

Desde entonces, la presencia judía a lo largo del recorrido del maratón ha seguido creciendo.

Desde 2008, el rabino Zev Wineberg y su esposa Rivka, directores de Jabad-Lubavitch de Long Island City, instalan una mesa en el kilómetro 24 aproximadamente, sobre Vernon Avenue, en Queens.

Allí ofrecen bebidas deportivas kosher a los corredores mientras avanzan hacia el puente Queensboro.

Además, voluntarios de Jabad se distribuyen entre los aproximadamente dos millones de espectadores que acompañan la carrera.

Ofrecen a los hombres judíos la oportunidad de colocarse los tefilín e invitan a las mujeres judías a encender las velas de Shabat.

Cada año, cientos de hombres cumplen la mitzvá de tefilín durante el evento.

En 2024, al menos tres hombres celebraron su Bar Mitzvá al costado del recorrido.

Los voluntarios volverán a estar presentes este domingo, treinta y cuatro años después de que Fred Lebow se colocara los tefilín en la línea de salida de su propio maratón.

La carrera que comenzó como el sueño de un sobreviviente del Holocausto continúa reuniendo a decenas de miles de personas de todo el mundo. Y, junto a ese extraordinario legado deportivo, sigue viva una tradición de plegaria, mitzvot e identidad judía que acompaña al Maratón de Nueva York desde hace más de cuatro décadas.

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