Mi historia comienza cuando mi familia y yo llegamos a Estados Unidos desde Francia, en octubre de 1951. Después de escapar de Rusia, habíamos permanecido en un campo para personas desplazadas. Más tarde, el Joint, como se conocía al American Jewish Joint Distribution Committee, nos trasladó a Williamsburg, Brooklyn, donde nos proporcionó un departamento durante algunos meses. Después nos mudamos a Crown Heights.
Una vez establecidos en Crown Heights, mi padre abrió la primera tienda de comestibles del barrio que cerraba los sábados por Shabat.
Todos sus amigos le decían que no podría sobrevivir económicamente manteniendo el negocio cerrado dos días por semana. En aquella época existían las llamadas leyes azules, que también prohibían abrir los domingos.
Pero mi padre jamás haría negocios en Shabat. Por eso le preguntó al Rebe si, dadas aquellas circunstancias, debía dedicarse a otra actividad comercial. Sin embargo, el Rebe le aconsejó que conservara la tienda y, por supuesto, que continuara cerrando en Shabat.
A comienzos de la década de 1950, cuando yo tenía unos nueve años, empecé a trabajar haciendo entregas para mi padre. Utilizaba un carrito de tres ruedas para llevar los pedidos a los clientes, entre los cuales había algunas personas muy conocidas.
Entre nuestros clientes estaban el Rebe y su esposa, la Rebetzin Jaia Mushka; la madre del Rebe, la Rebetzin Jana; y su suegra, la viuda del Rebe Anterior.
También figuraban entre nuestros clientes el Rebe de Kozhnitz, el Rebe de Bobov, el Rebe de Kozlov y el Rebe de Novominsk.
El negocio nunca nos hizo ricos, pero trabajábamos muchísimo y conseguíamos llegar a fin de mes. Yo debía levantarme a las cinco de la mañana para comenzar a preparar las entregas, mientras que mi padre, que se despertaba incluso antes que yo, permanecía en la tienda hasta las once de la noche.
Un día, creo que fue en 1953 o 1954, un jasid de Lubavitch llamado Iankel Lipsker se acercó a mi padre y le dijo que quería abrir otra tienda de comestibles en el barrio, apenas a una cuadra de la nuestra.
Mi padre le respondió:
—Apenas hay suficiente trabajo para mantener a una familia. ¿Cómo podría haberlo para dos? Además, los distribuidores mayoristas de productos kosher no te harán entregas, porque ya me abastecen a mí.
Pero Lipsker insistió:
—Necesito ganarme la vida.
Entonces mi padre le propuso:
—Vayamos a ver al Rebe. Haré lo que él nos diga.
Ambos fueron a ver al Rebe, quien escuchó atentamente los argumentos de mi padre y los de Lipsker.
Finalmente, les dijo:
—En circunstancias normales, el señor Stilerman tiene razón. No hay suficiente negocio para que ambos puedan mantenerse. Pero les aseguro que el Todopoderoso proporcionará sustento a los dos.
Mi padre escuchó las palabras del Rebe y, como confiaba plenamente en él, aceptó.
No solamente permitió que Lipsker abriera una tienda que competiría con la suya, ¡sino que además le prestó el dinero necesario para hacerlo!
Y eso no fue todo. Mi padre también lo ayudó activamente para que su negocio prosperara.
Si a Lipsker se le agotaba algún producto, mi padre se lo enviaba de su propio inventario. Lo recuerdo perfectamente porque era yo quien llevaba esos productos hasta su tienda.
A mí me parecía un arreglo completamente absurdo. Sin embargo, de alguna manera, ambos lograron ganarse la vida, exactamente como el Rebe había prometido.
Las visitas a la Rebetzin Jana
De aquella época, uno de mis recuerdos más vívidos es cuando llevaba los pedidos a la madre del Rebe, la Rebetzin Jana.
Siempre era muy amable conmigo. Cada vez que llegaba, me ofrecía un vaso de leche: caliente en invierno y fría en verano.
Con el tiempo llegué a sentirle un cariño muy especial.
La Rebetzin Jana era una persona alegre, llena de optimismo y siempre con una sonrisa en el rostro. Me hacía sentir que era como mi propia bobe, mi abuela, y que realmente se preocupaba por mí, aquel niño pequeño que cargaba con sus compras.
Siempre me preguntaba:
—¿Cómo está tu mamá? ¿Cómo está tu papá?
A veces, cuando yo no podía llevarle el pedido y lo hacía otra persona, llamaba a mi padre para preguntarle si me encontraba bien.
Mientras bebía mi leche, me pedía que le contara historias.
Para complacerla, le relataba algunos episodios de la publicación Talks and Tales, que siempre parecía disfrutar mucho.
Un día le dije:
—Rebetzin, leí una historia muy curiosa y me preguntaba si realmente es cierta.
—¿Qué historia? —me preguntó.
Entonces le conté lo que había leído: cuando el Rebe Anterior era pequeño, le preguntó a su padre si los ángeles sabían contar.
Su padre le respondió que no conocía la respuesta, pero que sí sabía algo: cada vez que una persona recita un salmo de Tehilim, crea un ángel, y ese ángel enciende una lámpara que ilumina tanto en el cielo como en la tierra.
Después de contarle aquello, le pregunté:
—¿Es verdad?
Ella me respondió:
—No solamente es verdad la historia, sino que eso es lo que realmente sucede.
Entonces le dije:
—En ese caso, voy a recitar un salmo. No voy a decir todo el libro de Tehilim, pero sí uno o dos, porque a mí también me gustaría tener una lámpara.
Ella sonrió y me dijo:
—Para tener una lámpara, primero necesitas tener una casa. ¿Sabes cómo se construye una casa? Debes tener cimientos de Torá y mitzvot. Cuando los tengas, podrás construir una casa. Y entonces podrás empezar a pensar en una lámpara.
¿Cuál es la plegaria favorita del Rebe?
En otra ocasión le pregunté:
—Rebetzin, ¿cuál es la plegaria favorita del Rebe?
No sé por qué se me ocurrió hacer aquella pregunta. Para entonces yo ya era adolescente y estaba por comenzar la universidad. Quería saber cuál era la plegaria más importante, para poder concentrarme completamente en una sola oración.
Ella me respondió:
—Todas las plegarias son importantes. Pero sí, seguramente debe haber alguna que sea más importante que las demás. No sé cuál será para el Rebe. Pero la próxima vez que venga a visitarme, se lo preguntaré de tu parte.
La semana siguiente, cuando fui a llevarle su pedido, me dijo:
—¡Estoy tan contenta de tener una respuesta para tu pregunta!
Hizo una pausa, mientras yo esperaba con enorme expectativa.
—Es una plegaria muy corta —me dijo—. Es la primera oración que decimos cada mañana: Modé Aní Lefaneja.
“Te agradezco a Ti, Rey viviente y eterno, porque me has devuelto mi alma con misericordia. Grande es Tu fidelidad”.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—Sí —respondió—. Esa es su favorita.
Me sorprendió mucho la respuesta, pero al mismo tiempo me alegró profundamente escucharla.
Y desde aquel momento, también adopté esa plegaria como mi favorita.
Di-s confía en nosotros
Un año después escuché al Rebe pronunciar una sijá sobre el significado de Modé Aní.
El Rebe explicó que el mensaje de esta plegaria es que Di-s tiene una enorme confianza en nosotros y, por lo tanto, no debemos decepcionarlo.
¿Cómo sabemos que Di-s confía tanto en nosotros?
Porque nos ha regalado un nuevo día de vida, aunque no está obligado a hacerlo.
Desde entonces, ese se convirtió en el objetivo de mi vida: no decepcionar a Di-s con lo que hago durante cada día que Él me concede.
Esta enseñanza la aprendí del Rebe, gracias a la bondad y la atención de su madre, la Rebetzin Jana.
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