El 23 de septiembre de 2009, las Naciones Unidas parecían estar regresando a algunos de los momentos más sombríos de su pasado. La Asamblea General de la ONU había escuchado un discurso de 96 minutos del presidente libio Muammar Gaddafi, seguido por un mensaje cargado de odio del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad.
Al día siguiente, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, subió al estrado. Ante una sala repleta, el líder israelí sacó inesperadamente los planos originales de construcción del infame campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, firmados por Heinrich Himmler, uno de los principales colaboradores de Hitler.
“¿También esto es una mentira?”, preguntó mientras mostraba los documentos ante los delegados reunidos.
“Ayer, el hombre que llama mentira al Holocausto habló desde este mismo estrado. A quienes se negaron a venir aquí y a quienes abandonaron esta sala en señal de protesta, los felicito. Defendieron la claridad moral y honraron a sus países... Pero a quienes se quedaron a escuchar a este negador del Holocausto, les digo, en nombre de mi pueblo, el pueblo judío, y de las personas decentes de todas partes: ¿No tienen vergüenza? ¿No tienen decencia?
“Apenas seis décadas después del Holocausto, ¿le dan legitimidad a un hombre que niega que seis millones de judíos fueron asesinados y que promete borrar del mapa al Estado judío?... ¡Qué vergüenza! ¡Qué burla de la Carta de las Naciones Unidas!”.
El discurso ocupó los titulares y muchos lo describieron como una oratoria digna de Churchill.
Después de su intervención, un enérgico Netanyahu se presentó ante la prensa israelí. Apartándose del protocolo habitual de ofrecer respuestas diplomáticas breves, compartió una historia personal.
Contó acerca de un encuentro de cuarenta minutos que había mantenido con el Rebe de Lubavitch en Simjat Torá de 1984.
“Recuerda”, contó Netanyahu que le había dicho el Rebe, “vas a ir a la ONU, a un salón de asambleas donde hay falsedad y una oscuridad absoluta.
“Recuerda que en una sala completamente oscura, si enciendes una pequeña vela, su luz podrá verse desde muy lejos. Tu misión es encender una vela por la verdad y por el pueblo judío”.
“Eso es lo que hice hoy en las Naciones Unidas”, concluyó Netanyahu.
Más tarde aquella noche, en la 92nd Street Y, Netanyahu relató ante una sala repleta del Conference of Presidents of Major Jewish Organizations los acontecimientos que habían llevado a su encuentro con el Rebe aquella memorable noche.
Netanyahu recordó que en 1984 estaba sentado en la oficina de Israel ante las Naciones Unidas cuando alguien llamó a la puerta.
“Hay un joven que quiere verlo”, le dijeron. “Dice que lo conoce”.
Netanyahu recordó:
“Entró un jasid corpulento, con barba y peot. ‘¿Te conozco?’, le pregunté.
“‘¿No me conoces? ¡Bibi, soy Shmarya!’.
“Quizás el nombre no les diga nada, pero Shmarya había sido miembro de un kibutz de Mapam, perteneciente a Hashomer Hatzair. Había sido un excelente soldado mío, en la unidad en la que serví en el ejército, y yo había sido su comandante. No lo había visto durante varios años.
“Me dijo: ‘Bueno, como puedes ver, me convertí en un Lubavitcher...’”.
Fue junto con Shmarya que Netanyahu fue a ver al Rebe aquella noche de Simjat Torá.
La historia de Shmarya
Shmarya había nacido en un kibutz de Mapam de extrema izquierda. Mapam era el acrónimo hebreo de Mifleget HaPoalim HaMeuchedet, el Partido Unido de los Trabajadores, un partido israelí sionista-socialista fundado en 1948. El kibutz era conocido por su marcada postura antirreligiosa.
Por lo tanto, era natural que Shmarya no practicara el judaísmo y, francamente, tampoco tuviera interés en él. De hecho, nunca había estado en una sinagoga ni había participado de una mesa de Shabat.
Inteligente, musculoso y de buena presencia, era un candidato ideal para la unidad de élite israelí Sayeret Matkal, inspirada en el SAS británico. Su dedicación y su firme compromiso con el servicio le ganaron el respeto de sus compañeros. Fue allí donde conoció a Bibi Netanyahu, capitán de su unidad. Durante las misiones de reconocimiento fue tomando forma la amistad entre ambos.
Después de finalizar su servicio militar, viajó al noreste de Estados Unidos. Como era de esperar debido a su experiencia, trabajó en puestos relacionados con la seguridad. Se ocupó de la seguridad del consulado israelí en Boston y también trabajó para la aerolínea israelí El Al.
Pero luego quiso cambiar de rumbo. En 1976, su aspecto clásico y atractivo le abrió las puertas de la industria del modelaje, y aceptó esos trabajos con entusiasmo. Sin embargo, su situación migratoria se convirtió en un problema y necesitaba una visa de estudiante para permanecer en Estados Unidos. Por eso decidió inscribirse en el Hebrew College de Boston.
Apenas unos meses antes, el rabino Jaim Prus y su esposa Nechama habían llegado a la “capital de Nueva Inglaterra” para trabajar al servicio de la numerosa y antigua comunidad judía de Boston.
Mientras recorrían la ciudad presentándose ante los líderes comunitarios, se reunieron con el decano del Hebrew College, el Dr. Eli Grad.
Fundado en 1921, el Hebrew College estaba dedicado al estudio académico del judaísmo en un entorno interdenominacional. El Dr. Grad sentía un especial afecto por Jabad, después de haber recibido ayuda de Jabad en Detroit y una bendición del Rebe que necesitaba mucho. Por eso se mostró encantado de ayudar a la pareja de emisarios de Jabad.
Sin embargo, quedó sorprendido cuando el rabino Prus le pidió organizar en la institución un curso acreditado sobre el Tania. Había imaginado que el rabino simplemente le pediría que lo presentara a los benefactores más adinerados de la comunidad. Aun así, aceptó.
Para el comienzo del nuevo año académico, el curso estaba listo. El programa, el temario y los objetivos de un curso de filosofía jasídica judía estaban preparados. Aunque se trataba de una materia optativa, resultó ser un éxito extraordinario. Casi una cuarta parte de todos los estudiantes se inscribieron.
La institución quedó sorprendida, pero los alumnos disfrutaron tanto del curso que pidieron que continuara durante un segundo semestre.
Mientras enseñaba conceptos jasídicos durante el semestre de otoño, el rabino Prus notó a un joven estudiante israelí sentado al fondo del aula que parecía muy poco interesado en lo que aquel rabino barbudo tenía para decir.
Pero llegó la época de los exámenes. El joven israelí sabía que jamás aprobaría el curso, pero necesitaba desesperadamente esos créditos para conservar su visa de estudiante.
Así que se acercó al rabino barbudo y le explicó su situación, esperando una respuesta fría. Para su sorpresa, el rabino le ofreció una alternativa: podía escribir un trabajo sobre cualquier tema tratado en el Tania.
El Tania está escrito en hebreo y Shmarya hablaba hebreo, por lo que pensó que no sería demasiado difícil. Eligió escribir sobre isurim, el dolor y el sufrimiento, y el rabino le indicó que utilizara el índice del Tania como base para su trabajo.
El rabino Prus también le dio sus números de teléfono, tanto el de su casa como el del trabajo, “por si tienes alguna pregunta y necesitas mi ayuda”.
Durante las semanas siguientes hablaron varias veces para aclarar algunos de los temas del Tania. Esas conversaciones se transformaron en largos encuentros y, poco a poco pero de manera constante, Shmarya comenzó a regresar a su herencia y a su fe.
Dos años más tarde, Shmarya se fue a estudiar a una ieshivá.
Se dedicó al estudio de la Torá con la misma disciplina y entrega que había demostrado durante su servicio militar. Recibió su ordenación rabínica y se convirtió en un rabino de Lubavitch.
El encuentro con el Rebe
Era el verano de 1984. Netanyahu había sido ascendido de su cargo como subjefe de misión en la Embajada de Israel en Washington y nombrado embajador de Israel ante las Naciones Unidas.
Conociendo la estrecha relación de Shmarya con Netanyahu, el rabino Prus y su hermano Yisroel le encomendaron una tarea: asegurarse de que Netanyahu conociera la antigua costumbre de muchos altos funcionarios israelíes destinados en Nueva York de acompañar al Rebe durante las celebraciones de Simjat Torá.
Shmarya cumplió con la misión.
A la medianoche de Simjat Torá, Netanyahu llegó a “770”. Dejó atrás a su equipo de seguridad y se encontró con Shmarya y Yisroel.
770 estaba repleto. Apenas había espacio para respirar. Nadie podía hacer demasiadas concesiones especiales al joven embajador. Yisroel y Bibi avanzaron por encima de mesas y a lo largo de bancos, abriéndose paso entre una multitud de jasidim que ocupaba cada rincón.
Finalmente lograron llegar hasta adelante, justo al lado de la plataforma del Rebe. Desde allí, Bibi viviría la elevación espiritual y la intensidad de Simjat Torá junto al Rebe.
“La fuerza de generaciones”
Ante el público que llenaba la 92nd Street Y, el primer ministro recordó con emoción lo que había sentido aquel Simjat Torá junto al Rebe. Los presentes escuchaban cautivados lo que, sin duda, había sido un momento profundo de su vida.
“[El Rebe] se volvió hacia el público y, con sus manos, comenzó a animar a los jasidim para que cantaran y bailaran.
“Entonces sucedió algo que jamás olvidaré mientras viva.
“El Rebe y su cuñado —creo que ambos se acercaban a los ochenta años en ese momento, o quizás estaban a mediados de sus setenta— tomaron el Sefer Torá, el rollo de la Torá, y fueron hacia el centro de aquel salón, rodeados por todos los jasidim.
“Había una luz que descendía desde el techo y los envolvía en un círculo de luz.
“Veo a estos dos ancianos judíos barbudos bailando con la Torá dentro de aquel círculo de luz, y sentí... la fuerza de generaciones... el poder de nuestra tradición, de nuestra fe, de nuestro pueblo”.
Lo que Netanyahu presenció fue, en esencia, lo mismo que judíos provenientes de los más diversos ámbitos experimentaron durante aquellos momentos de elevación en presencia del Rebe en Simjat Torá.
Experiencias similares pueden ser percibidas de maneras muy diferentes por distintas personas. Lo que inspira profundamente a alguien puede dejar indiferente a otro. Sin embargo, existen encuentros extraordinarios en los que personas muy diferentes llegan a experimentar los mismos sentimientos.
Son esos momentos únicos en los que un judío jasídico profundamente religioso, vestido con toda su indumentaria tradicional, y un judío secular que lleva el título de embajador de Israel pueden sentir el mismo fervor.
Ese momento: Simjat Torá con el Rebe.

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