Era el primer día de Sucot y todos los congregantes de la sinagoga de Rabi Elimelej de Lizensk estaban de ánimo festivo. El espíritu de Iom Tov se sentía en el ambiente.

Mientras Rabi Elimelej estaba de pie frente al atril y comenzaba a recitar el Halel, todas las miradas se dirigieron hacia él. Había algo diferente en su manera de comportarse aquel Sucot. ¿Por qué, mientras sostenía el etrog y el lulav en sus manos, se detenía de repente en medio de su balanceo para aspirar el aire? ¿Y por qué no rezaba con la calma habitual? Era evidente que algo ocupaba su mente, algo que parecía entusiasmarlo, a juzgar por la expresión radiante de su rostro.

Apenas terminó el davenen, Rabi Elimelej se apresuró hacia donde estaba su hermano, Rabi Zusha, que había venido a pasar la festividad con él, y le dijo con entusiasmo:

“¡Ven y ayúdame a encontrar el etrog que está llenando toda la sinagoga con la fragancia del Jardín del Edén!”.

“¡Ven y ayúdame a encontrar el etrog que está llenando toda la sinagoga con la fragancia del Jardín del Edén!”

Los dos comenzaron a pasar de una persona a otra hasta llegar al rincón más apartado de la sinagoga, donde se encontraba un hombre de aspecto tranquilo, aparentemente sumido en sus pensamientos.

“¡Es este!”, exclamó Rabi Elimelej con alegría. “Por favor, querido amigo, dime quién eres y dónde conseguiste este maravilloso etrog”.

El hombre, algo sorprendido y desconcertado por aquella inesperada pregunta, respondió lentamente, escogiendo cuidadosamente sus palabras:

“Con todo respeto, Rabi, es una historia bastante larga. ¿Quiere sentarse y escucharla completa?”.

“Por supuesto que sí”, respondió Rabi Elimelej con firmeza. “¡Estoy seguro de que es una historia que vale la pena escuchar!”.

“Me llamo Uri”, comenzó el hombre de aspecto tranquilo, “y soy de Strelisk. Siempre consideré que cumplir la mitzvá de las Cuatro Especies en Sucot es una de mis mitzvot preferidas. Pero soy pobre y normalmente no podría permitirme comprar un etrog como quisiera. Mi joven esposa, que comparte conmigo la importancia de esta mitzvá, me ayuda trabajando como cocinera. De ese modo puede mantenerse con sus propios ingresos y yo puedo utilizar lo que gano para asuntos espirituales.

“Trabajo como melamed, maestro, en la aldea de Yanev, no muy lejos de mi ciudad natal. Utilizo la mitad de mis ingresos para nuestras necesidades y con la otra mitad compro un etrog en Lemberg. Y para no gastar dinero en el viaje, normalmente voy caminando.

“Este año, durante los Diez Días de Teshuvá, iba como de costumbre a pie, con cincuenta gulden en el bolsillo para comprar un etrog. En el camino a Lemberg atravesé un bosque y me detuve en una posada al costado del camino para descansar. Era la hora de Minjá, así que me puse de pie en un rincón y comencé a rezar.

“Estaba en medio de la plegaria cuando escuché unos terribles gemidos, como si alguien estuviera sufriendo profundamente. Terminé rápidamente de rezar para averiguar qué sucedía y ver si podía ayudar de alguna manera.

“Cuando me volví hacia el hombre que estaba evidentemente desesperado, vi a una persona de aspecto tosco y poco común, vestida como un campesino y con un látigo en la mano, contándole sus problemas al dueño de la posada.

“Entre sus sollozos y su relato entrecortado, logré comprender que aquel hombre del látigo era un judío pobre que se ganaba la vida como baal agalá, transportando personas y mercancías con su caballo y su carreta. Tenía esposa y varios hijos, y apenas conseguía ganar lo suficiente para mantenerlos. Ahora le había ocurrido una terrible desgracia. Su caballo, sin el cual no podía trabajar, se había desplomado repentinamente en el bosque, no muy lejos de la posada, y permanecía allí tendido, incapaz de levantarse.

“No podía soportar ver la desesperación de aquel hombre. Intenté animarlo y le dije que no debía olvidar que hay un Di-s sobre nosotros que podía ayudarlo en su dificultad, por más grave que pareciera.

“‘Te venderé otro caballo por cincuenta gulden’, le decía el posadero al carretero. ‘Te aseguro que vale por lo menos ochenta, pero te lo dejo a ese precio para ayudarte en este momento difícil’.

“‘¡No tengo ni cincuenta centavos y él me dice que compre un caballo por cincuenta gulden!’, respondió amargamente el hombre.

“Sentí que no podía conservar el dinero que llevaba conmigo para comprar un etrog cuando frente a mí había un hombre en una situación tan desesperada, cuya subsistencia y la de toda su familia dependían de conseguir un caballo. Así que le pregunté al posadero:

“‘Dígame, ¿cuál es el precio más bajo que aceptaría por su caballo?’.

“El posadero me miró sorprendido.

“‘Si me paga ahora mismo, aceptaré cuarenta y cinco gulden, pero ni un centavo menos. ¡Ya estoy vendiendo el caballo con pérdida!’.

“Inmediatamente saqué mi bolsa y le entregué cuarenta y cinco gulden. El carretero observaba la escena con los ojos desorbitados por el asombro. Se había quedado sin palabras de tanto alivio, y su alegría era indescriptible.

“‘Ahora puedes ver que el Todopoderoso puede ayudarte incluso cuando la situación parece completamente desesperada’, le dije mientras se apresuraba junto con el posadero para enganchar el nuevo caballo a la carreta que había quedado abandonada en el bosque junto al caballo enfermo.

“En cuanto se marcharon, recogí rápidamente mis pocas pertenencias y desaparecí de allí. No quería pasar por la incomodidad de recibir los agradecimientos del carretero.

“Finalmente llegué a Lemberg con los cinco gulden que me quedaban en el bolsillo. Naturalmente, tuve que conformarme con comprar un etrog muy sencillo, aunque kosher. Normalmente mi etrog es el mejor de Yanev y todos vienen a recitar la bendición sobre él. Pero este año me avergonzaba regresar a casa con un ejemplar de aspecto tan pobre. Por eso mi esposa estuvo de acuerdo en que viniera aquí, a Lizensk, donde nadie me conoce”.

Cuando Rabi Uri terminó su relato, Rabi Elimelej exclamó:

“Pero, mi querido Rabi Uri, ¡el tuyo es verdaderamente un etrog extraordinario! Ahora comprendo por qué tiene la fragancia del Jardín del Edén. Déjame contarte la continuación de tu historia.

“Cuando el carretero al que salvaste pensó en la inesperada ayuda que había recibido, llegó a la conclusión de que tú debías ser nada menos que el profeta Eliahu, a quien el Todopoderoso había enviado a este mundo con apariencia humana para ayudarlo en su desesperación.

“Convencido de ello, el feliz carretero buscó alguna manera de expresar su agradecimiento al Todopoderoso. Pero aquel pobre hombre no sabía una sola palabra de hebreo ni conocía ninguna plegaria. Se esforzó por encontrar alguna forma de agradecerle.

“De repente, su rostro se iluminó. Tomó su látigo y lo hizo restallar en el aire con todas sus fuerzas mientras gritaba desde lo más profundo de su corazón:

“‘¡Querido Padre Celestial, te quiero muchísimo! ¿Qué puedo hacer para demostrarte cuánto te quiero? ¡Déjame hacer restallar mi látigo para Ti como señal de mi amor!’.

“Y diciendo esto, hizo restallar el látigo tres veces en el aire.

“¡Querido Padre Celestial, te quiero muchísimo! ¿Qué puedo hacer para demostrarte cuánto te quiero?”

“En la víspera de Iom Kipur, el Todopoderoso estaba sentado en lo Alto sobre Su Trono de Justicia, escuchando las primeras plegarias del Día del Perdón.

“Rabi Levi Itzjak de Berditchev, que actuaba como defensor del pueblo judío, empujaba hacia las Puertas del Cielo una carreta cargada de mitzvot realizadas por los judíos. Pero entonces apareció el Satán y bloqueó su camino con enormes montañas de pecados, hasta que la carreta de Rabi Levi Itzjak quedó completamente atascada.

“Mi hermano Rabi Zusha y yo sumamos nuestras fuerzas para ayudarlo a empujar la carreta, pero fue inútil. Ni siquiera nuestros esfuerzos combinados lograron moverla.

“De repente se escuchó el restallar de un látigo que atravesó el aire. En ese instante apareció un rayo de luz cegadora que iluminó todo el universo, llegando hasta los mismos cielos. Allí vimos a los ángeles y a todos los tzadikim sentados en círculo, cantando alabanzas a Di-s. Cuando escucharon las palabras del carretero mientras hacía restallar su látigo lleno de fervor, respondieron:

“‘¡Dichoso el Rey que es alabado de esta manera!’.

“De pronto apareció el ángel Mijael conduciendo un caballo, seguido por el carretero con su látigo en la mano.

“El ángel Mijael enganchó el caballo a la carreta cargada de mitzvot y el carretero hizo restallar su látigo. De repente, la carreta dio un fuerte impulso hacia adelante, aplastó las montañas de pecados que bloqueaban el camino y avanzó con facilidad hasta llegar al Trono de Gloria.

“Allí, el Rey de reyes la recibió con gran benevolencia. Se levantó del Trono de Justicia y pasó a sentarse en el Trono de Misericordia. Un año nuevo bueno y feliz estaba asegurado”.

“Y ahora, querido Rabi Uri”, concluyó Rabi Elimelej, “puedes ver que todo esto ocurrió gracias a tu noble acción. Regresa a tu hogar y conviértete en un líder de Israel. Has demostrado que eres digno de ello y llevarás contigo la aprobación del Tribunal Celestial.

“Pero antes de que te vayas, permíteme sostener este maravilloso etrog tuyo y alabar a Di-s con él”.

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