La parábola
En el Shabat anterior al mes judío de Elul del año 5557 (22 de agosto de 1797),1 Rabi Shneur Zalman de Liadi relató una parábola sobre un rey que se encontraba en el campo, lo que hoy llamaríamos la campiña:
Antes de llegar a una ciudad, sus habitantes salían a recibirlo. El rey los recibía allí, en el campo, donde todo aquel que quisiera podía acercarse a saludarlo. Y él recibía a cada uno con un rostro amable y les mostraba cuánto se complacía en verlos.
Luego, cuando continuaba su camino hacia la ciudad, la gente lo seguía.
Sin embargo, una vez que llegaba a su palacio real, solo podían entrar a verlo quienes contaban con un permiso especial, e incluso entonces, únicamente los ciudadanos más importantes y las personas privilegiadas.2
Para conocer el contexto histórico de esta parábola, véase: El zar en el campo.
¿Qué significa realmente?
Rabi Shneur Zalman de Liadi relató esta parábola para explicar algo que, de otro modo, parecería imposible. Veamos primero el contexto.
Elul es el mes del calendario judío que precede a Rosh Hashaná. Los cabalistas3 hablan de una señal divina que resuena durante todo el mes de Elul. Es una señal tan poderosa que alcanza incluso a las almas más alejadas, las despierta y les permite retomar el camino.
Ese despertar tiene como objetivo prepararte para el gran encuentro con tu Creador durante los próximos “Días Solemnes”, desde Rosh Hashaná hasta Iom Kipur. Si escuchas a tu alma durante Elul, estarás preparado para experimentar la solemnidad de esos días. Si no lo haces, podrías dejar pasar por completo esa oportunidad.
Sin embargo, esta señal de Elul no es un despertar impuesto desde arriba, de esos que resuenan con tanta fuerza que transforman a una persona de pies a cabeza. Es una voz interior, serena y sutil.
El despertador silencioso
Esto es fundamental. Si tu Creador quisiera, podría hacerte entrar instantáneamente en un estado de profunda inspiración de Rosh Hashaná. De hecho, una vez hizo algo semejante: sacó a todo el pueblo judío de la esclavitud de Egipto y, cuarenta días después, les reveló Su presencia en el Monte Sinaí con una intensidad espiritual jamás experimentada.
El resultado no fue precisamente alentador. Cuarenta días más tarde estaban bailando alrededor de un becerro de oro.
Así funciona el ser humano: si algo ha de penetrar profundamente en nuestro interior y permanecer allí, debe surgir de nuestro propio esfuerzo y de nuestra propia iniciativa. Podríamos decir que, si solo te levantas porque el despertador no te permitió seguir durmiendo, en cierto sentido todavía estás caminando dormido.
Este despertador divino, en cambio, es tan sutil que parece ser tu propio corazón el que habla. Un día, tu alma simplemente percibe que ha llegado el momento de despertar, que el camino está abierto delante de ti y que tu amado Di-s te espera. Y ni siquiera sabe de dónde surgió esa sensación.
Y, sin embargo, esa alarma suena con suficiente fuerza como para despertar incluso a las almas más alejadas, aquellas sumidas en el sueño más profundo y despreocupado. Esa es la paradoja: ¿cómo puede una señal ser al mismo tiempo tan poderosa y tan sutil?
La parábola del rey en el campo responde a esta pregunta. El rey no hace proclamaciones. No se sienta en su palacio a decretar que todos los súbditos del reino deben presentarse ante él. Simplemente se pone al alcance de todos, en un lugar accesible. No está rodeado de su guardia real ni lleva puesta la corona o las vestimentas reales. Se viste como quien está de viaje, recibe a todos con amabilidad y les demuestra cuánto se alegra de verlos.
La gente sale a su encuentro, pero no por la pompa ni por la ceremonia, porque allí no hay ninguna. Tampoco porque se les haya ordenado hacerlo. Nadie los obliga. Van por una única razón: es su rey.
Esa es la voz sutil que todos podemos escuchar en esta época del año: algo profundamente relacionado conmigo está ocurriendo ahora. Tengo que estar allí.
Profundizando en la parábola
Entonces, ¿cómo encuentro a este rey? ¿Dónde está ese campo? ¿Tengo que salir de la ciudad o basta con ir a un estacionamiento?
Encuentras al rey dentro de ti. Tú eres el campo.
El rey está dentro de ti porque posees un alma divina, y en la esencia misma de esa alma hay una chispa de Di-s. Eso es lo que resuena en esta época del año y con eso necesitas volver a conectarte.
Eres un campo porque tienes la capacidad de crecer. Puedes arar la tierra de tu corazón, sembrar allí semillas de tzedaká y buenas acciones, regarlas con el estudio de la Torá y con la reflexión sobre su sabiduría, y crecer. En un mes, o incluso menos, puedes comenzar a sentir que te estás convirtiendo en una persona nueva.
Pero ¿acaso la parábola no dice que venimos de la ciudad?
Sí, porque en esencia ese es el lugar al que perteneces: a la ciudad del Rey, viviendo constantemente en Su presencia.
Solo que, si eres como la mayoría de nosotros, cuando reflexionas sinceramente sobre tu situación descubres que en realidad estás en el desierto. No en la ciudad, ni siquiera en los jardines o campos de las afueras, sino en un desierto árido, inhóspito y brutal, donde nada crece y donde el ser humano no está destinado a vivir.
Y de pronto surge dentro de ti esa inspiración, esa voz silenciosa que te dice: “No creo que realmente pertenezca aquí. Quizás sea hora de llegar al jardín y comenzar a crecer”.
Ese es tu encuentro con el Rey. Si continúas por ese camino, lo acompañarás de regreso a la ciudad. Y entonces, cuando lleguen los Días Solemnes, estarás entre quienes tienen el privilegio de entrar al palacio y experimentar verdaderamente, en lo más profundo, su solemnidad.4
La pregunta que parece derrumbarlo todo
Hasta aquí, cada detalle de la parábola parece encajar perfectamente. Hasta que deja de hacerlo. Porque surgen algunas preguntas:5
Si el rey realmente quiere que las personas vengan por propia voluntad, ¿por qué les sonríe tanto? ¿No se da cuenta de que, en cuanto se corra la voz acerca de esa enorme y cálida sonrisa, todos se sentirán irresistiblemente impulsados a dejar lo que están haciendo e ir a verlo?
Y no se limita a sonreír: ¡les demuestra cuánto se complace en ellos! ¿Quién podría resistirse a acudir a un rey que se muestra tan feliz de verte?
Y ya que estamos preguntando, vayamos al principio mismo de la cuestión: olvidemos por un momento la sonrisa y la alegría. ¿Por qué viaja el rey de ciudad en ciudad? Evidentemente, para ver a sus súbditos. Ellos lo saben, ¿no? ¿Y no van a sentirse entonces impulsados a subirse a sus carros e ir a su encuentro?
A primera vista, estas preguntas parecen derrumbar todo el mensaje de la parábola. Pero, al examinarlas con más atención, descubrimos que son precisamente las llaves que nos permiten acceder a sus secretos más profundos.
El Rey te quiere a ti
Comencemos por aquí: ¿a quién desea ver especialmente el Rey? ¿A quienes tienen su vida en orden? ¿A quienes están ocupados arando sus campos y recogiendo sus cosechas? ¿O a aquellas almas perdidas que se encuentran en medio de un desierto árido?
Un rey humano común se interesa especialmente por quienes le son más leales. Pero para el verdadero Rey, el Rey supremo, cada alma que Él ha enviado a este mundo constituye un mundo entero. No puede permitirse que ninguna se pierda. Cada alma debe regresar a casa.
Son precisamente las almas que están en mayor peligro las que más le preocupan. Y la única manera de hacerlas regresar es con una sonrisa.
Porque imagina que corriera la noticia de que el rey interroga severamente a sus súbditos y los reprende con dureza. ¿Quién querría acercarse? Ciertamente no aquellas almas atribuladas que más desea recuperar.
Por eso sonríe a cada uno y deja inequívocamente claro que está verdaderamente feliz de que hayan venido a verlo. Así, cuando el hombre que está escondido detrás de un arbusto, en algún rincón perdido, se entere, no sentirá tanta vergüenza de acercarse.
Bien. Esto explica la recepción amable. Pero ¿por qué mostrarles además cuánto se deleita en ellos? ¿No es demasiado? Evidentemente, este detalle de la parábola encierra algo mucho más profundo.
Para comprenderlo tenemos que explicar una idea fundamental.
El deleite del Rey
Este Rey, Aquel que da vida a todo lo que existe, ama a cada alma que ha creado. La ama y se complace en ella infinitamente más de lo que cualquier padre o abuelo podría amar y disfrutar del hijo más querido. Y ese amor y ese deleite se expresan en dos niveles.
En primer lugar, ama lo que hacemos. Se alegra cuando nos preocupamos unos por otros, cuando nos reunimos para cumplir Sus mitzvot y realizar buenas acciones, cuando unimos nuestras mentes y corazones para estudiar Su sabiduría en la Torá y reflexionar acerca del extraordinario universo que Él creó. Le agrada cuando venimos a hablar con Él y compartimos las preocupaciones más íntimas de nuestro corazón.
Pero hay además un amor mucho más esencial: ama y se deleita en cada alma simplemente porque esa alma es Su hija. Es un hijo concebido y nacido de Su propio amor y deleite. Es el centro de todo lo que Él creó, porque representa Su propia presencia dentro de la creación.
Estas son las dos reacciones del rey en el campo. Recibe a las personas con un rostro amable porque han venido y eso lo alegra. Pero además les muestra cuánto se deleita en ellas, como diciendo: “Quiero que sepas cuánto me alegra simplemente que seas tú”.
Pensemos en un ejemplo de la vida cotidiana. Imagina a un padre conversando con su hijo acerca de algún tema interesante. El niño hace una observación brillante. Naturalmente sonríes y le dices: “¡Excelente! ¡Me encanta!”. Pero luego vas mucho más allá: lo levantas, le das un abrazo enorme y prolongado, y ríes con alegría.
Como diciendo: “Siempre quise darte este gran abrazo. Gracias por darme una excusa”.
Ese es el tipo de deleite que el Rey supremo revela hacia cada alma: tanto hacia quienes se acercan como hacia quienes todavía no lo hacen.
Porque, después de todo, ¿para quién está destinado principalmente este despliegue de amor?
El Rebe explicó en una ocasión que está dirigido, sobre todo, al alma que nunca llegó. Al alma perdida en el desierto, que ha escuchado que se acerca Rosh Hashaná y que el Rey se alegraría de verla antes de que llegue la festividad, pero que aun así no logra reunir las fuerzas para acercarse. Es el alma cautiva entre las fieras del bosque y también por la bestia que lleva dentro de sí misma.
Entonces el Rey le envía un mensaje:
“Entiendo si todavía no vienes. Sé que es difícil para ti. Pero quiero que sepas que Mi amor por ti no cambia. Me deleito en ti exactamente igual”.
Ese es el mensaje que el Rebe nos pidió llevar a cada alma. Y si lo transmitimos con absoluta sinceridad, ¿quién podría resistirse? ¿Quién no estaría dispuesto a recorrer incluso el camino más difícil para encontrarse con su amado Padre, el Rey?

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