Desde hacía algún tiempo, el rabino David Halevi Segal (1586-1667), autor del Turei Zahav (conocido como el Taz), se sentía inquieto. Su rabinato en Ostroh, al oeste de la actual Ucrania, prosperaba; la comunidad aceptaba plenamente su autoridad y las decisiones del tribunal rabínico que presidía eran respetadas por todos. Además, su obra se había difundido por todo el mundo judío y se había convertido en una referencia indispensable para rabinos y estudiosos de la halajá. Sin embargo, sentía que aún le faltaba algo.
Desde hacía años anhelaba hacer lo que muchos grandes sabios habían hecho antes que él: salir al galut, un exilio voluntario, recorriendo pueblos y ciudades para experimentar en carne propia el dolor del exilio de la Presencia Divina.
Se vistió con ropa gastada, colocó una hogaza de pan y algunos libros en un viejo saco, tomó un bastón y abandonó Ostroh en silencio.
Aunque ya no era joven, recorrió a pie aldeas y poblados. Los lunes y jueves ayunaba, nunca permanecía más de una noche en el mismo lugar y durante la semana se alimentaba únicamente de pan seco. Solo en Shabat se permitía una comida caliente.
Vivió así durante seis meses, hasta que sus fuerzas comenzaron a agotarse. Al llegar a Lemberg (actual Lviv), comprendió que necesitaba descansar antes de continuar el viaje. Sin embargo, su estado físico era tan precario que decidió permanecer allí y continuar su "exilio" sin abandonar la ciudad.
No quería depender de la caridad para mantenerse, por lo que buscó trabajo como menaker, el especialista encargado de retirar las grasas y venas prohibidas de los animales faenados según la ley judía.
Muy pronto adquirió fama de ser un experto en ese oficio. Conocía hasta las venas más difíciles de localizar y ningún depósito de grasa prohibida escapaba a su atención.
Más de una vez ocurría que, mientras atendía a un cliente, quedaba absorto reflexionando sobre una compleja cuestión de halajá y olvidaba por completo a la persona que tenía delante. Los clientes lo miraban desconcertados hasta que volvía en sí y, avergonzado, retomaba su trabajo.
Las mayores dificultades, sin embargo, provenían de sus propios compañeros. Gracias a su profundo dominio de las leyes relativas al nikur —tema sobre el que incluso había escrito un comentario halájico— detectaba inmediatamente cualquier error en el trabajo de los demás. No podía permanecer callado cuando veía que una vena no había sido retirada correctamente o que aún quedaba grasa prohibida. Esto provocaba frecuentes discusiones y despertaba el resentimiento de sus colegas, quienes aprovechaban cualquier oportunidad para criticarlo.
Un día surgió una duda acerca de una vaca recién sacrificada. Él dictaminó que era kosher, mientras que los demás menakrim sostuvieron que debía declararse no kosher. La discusión se intensificó hasta que decidieron presentar el caso ante el rabino de la ciudad, el rabino Meir Zak.
Tras examinar el caso, el rabino Meir falló a favor de quienes habían prohibido el animal. Sin embargo, el desconocido menaker se mantuvo firme y comenzó a citar pasajes del Talmud y de grandes autoridades halájicas para fundamentar su posición.
El rabino interpretó aquella actitud como una falta de respeto hacia la autoridad del tribunal rabínico.
—Pónganlo en el cepo —ordenó.
Se refería a la picota situada en el patio de la sinagoga, donde antiguamente se exponía públicamente a quienes perturbaban el orden o desafiaban la autoridad comunitaria.
Aceptó el veredicto sin protestar. Permaneció allí todo el día, inmerso en pensamientos de Torá.
Al caer la tarde, un muchacho pasó junto a la picota camino al matadero ritual. Durante la conversación le comentó que había ido a consultar al rabino acerca de un pollo y que este lo había declarado no kosher.
El prisionero le pidió que le mostrara el ave. Tras examinarla cuidadosamente, le dijo:
—Regresa con el rabino y dile que consulte el Yoreh Deá, en el Turei Zahav, en el capítulo correspondiente. Allí encontrará claramente explicado que este pollo es kosher.
El muchacho transmitió el mensaje. El rabino abrió el libro y quedó sorprendido al comprobar que, efectivamente, había pasado por alto una explicación explícita del Turei Zahav.
En ese instante comprendió que el humilde trabajador al que había castigado era, en realidad, un extraordinario erudito. Sin perder tiempo envió al encargado de la sinagoga para que lo liberara.
Una vez libre, el desconocido fue a visitar al rabino. Ambos conversaron durante largo rato sobre temas de Torá, y el rabino Meir quedó maravillado por la profundidad de sus conocimientos.
Finalmente le pidió que revelara su identidad.
Con gran humildad, el visitante confesó que era David Halevi Segal, autor del Turei Zahav y rabino de Ostroh.
El rabino Meir quedó completamente atónito. Le pidió perdón una y otra vez por haberlo tratado de aquella manera. Pero el Taz respondió con humildad que el rabino no había hecho más que cumplir con su deber y que, si durante la discusión él mismo había dado la impresión de faltarle al respeto, le rogaba que lo disculpara.
Apenas salió de la casa, el rabino Meir reunió a los dirigentes de la comunidad y les relató todo lo ocurrido.
—Sepan —les dijo— que este hombre es un gigante de la Torá y mucho más digno que yo de ocupar este cargo. Mis ojos ya se han debilitado, mientras que el Todopoderoso ha traído a nuestra ciudad a un hombre lleno del espíritu de Di-s. Debemos prepararle el lugar que merece.
Los líderes comunitarios convencieron al rabino Meir de permanecer en su cargo mientras viviera y nombraron al autor del Turei Zahav como presidente del tribunal rabínico. Tras el fallecimiento del rabino Meir, el rabino David Halevi Segal fue designado rabino principal de Lemberg.
Adaptado de Tzadikim Lemofet, con agradecimiento al rabino Hillel Baron.
```
Escribe tu comentario