La semana pasada tuve la oportunidad de participar de un acontecimiento histórico para la comunidad judía de Taiwán. El domingo fui parte del primer minián de una shivá por una persona judía fallecida y enterrada de acuerdo con la halajá en este país del Lejano Oriente. Desde hace muchos años viven judíos en Taiwán; sin embargo, hasta ahora no existía allí un cementerio judío. Gracias al enorme esfuerzo de Jabad Taiwán y de sus colaboradores, principalmente el filántropo Jeffrey Schwartz, el rabino Shlomi Tabib y su colaborador, el rabino Leivi Srugo, se pudo realizar el primer entierro de acuerdo con la ley y la tradición judías en el país, contando incluso con la asistencia del rabino Mendy Rabinovitz, shliaj de Hong Kong, quien viajó especialmente a Taiwán para ayudar en esta importante misión.
Tuve también la oportunidad de conocer de cerca a la comunidad judía de Taiwán, una comunidad vibrante, integrada en gran parte por expatriados de Estados Unidos e Israel que llegan al país por motivos laborales, empresariales o académicos, atraídos especialmente por sus importantes universidades y por el enorme desarrollo de su industria tecnológica. Pude ver de cerca el trabajo que realiza el rabino Shlomi y sus colaboradores en el hermoso edificio que alberga la vida comunitaria judía en Taipéi.
Pero uno de los momentos que más profundamente me impactó ocurrió durante aquel minián de shivá. Éramos personas completamente diferentes, llegadas desde distintos lugares del mundo y por razones totalmente distintas: un rabino latinoamericano, un ejecutivo de Amazon, un padre israelí que había llegado a Taiwán para acompañar a su hija durante una importante cirugía, miembros de la comunidad y visitantes. Ninguno de nosotros había planeado encontrarse allí y, sin embargo, todos juntos completamos el minián necesario para que los hijos del fallecido pudieran decir Kadish en el hogar donde había vivido su padre.
Una de las primeras responsabilidades de una comunidad judía es preocuparse por brindar un entierro digno a sus fallecidos. A lo largo de nuestra historia en el exilio, los judíos hemos llegado a innumerables ciudades y países, donde construimos sinagogas, escuelas, instituciones y comunidades. Pero cuando se establece un cementerio judío y nuestros seres queridos comienzan a descansar en esa tierra, algo cambia. Ese lugar deja de ser un punto geográfico lejano y se transforma también en una tierra ligada para siempre a la historia y al corazón del pueblo judío.
Al finalizar nuestra visita de consuelo pronunciamos la tradicional frase: “Que Hashem los consuele entre los demás dolientes de Sion y Jerusalén”. Nos encontrábamos a miles de kilómetros de Jerusalén, en una isla del Lejano Oriente, y, sin embargo, justamente allí sentimos con enorme intensidad que las distancias geográficas desaparecen cuando se revela la profunda unión que existe entre los miembros del pueblo judío.
La hija del fallecido nos agradeció profundamente y nos explicó cuánto significaba para su familia haber podido honrar a su padre de acuerdo con la tradición judía, incluso en un lugar tan lejano como Taiwán. En ese momento, el rabino Shlomi le respondió con una frase que, de alguna manera, resumía todo lo que estábamos viviendo: el pueblo de Israel, más que un pueblo, es una enorme familia extendida. Una familia cuyos miembros pueden vivir a miles de kilómetros de distancia, hablar diferentes idiomas y llevar vidas completamente distintas, pero que, cuando uno de ellos necesita compañía, consuelo o simplemente completar un minián para decir Kadish por su padre, vuelve a descubrir que nunca está realmente solo.
Quizás esa haya sido la imagen más poderosa de toda aquella experiencia: diez judíos de diferentes países, con diferentes historias y llegados a Taiwán por motivos completamente distintos, reunidos en una casa para permitir que unos hijos pudieran decir Kadish por su padre. En ese momento comprendí, una vez más, que un judío nunca está realmente lejos. Porque allí donde hay otro judío dispuesto a acompañarlo, están su pueblo y su familia. Y donde puede vivir de acuerdo con su tradición, despedir a sus seres queridos con dignidad y recitar el Kadish acompañado por un minián, incluso en el rincón más remoto del mundo, allí también está Jerusalén.

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