Todo aquel que tiene el mérito de tener un rabino de Jabad al alcance de su mano —cosa que sucede con cualquier judío en la faz de la tierra— sabe que frente a esta pregunta, la respuesta siempre va a tener un maise que la embellezca y le dé sentido a la explicación. Intentaré hacerlo con dos historias que me impactaron.
Desde Connecticut, Estados Unidos, con la brisa fresca de la mañana de un día de verano, después de haber terminado Shajarit, finalmente, el sheliaj Rab. Moshe Itzjak decidió resolver ese tema que le preocupaba hacía tiempo. Así que, con suma concentración, buscando las mejores palabras, le escribió al Rebe para contarle lo abrumado que se sentía por su trabajo.
Lo excedía, lo sobrepasaba. Estaba realmente extenuado. El mensaje era directo: pedía con urgencia su reemplazo. La respuesta no tardó en llegar. En ella decía que, antes de leer la carta, ya había enviado a un rabino que se llamaba exactamente igual que él: Moshe Itzjak. Agregaba, sin embargo, que lamentablemente ese Moshe Itzjak aún no había podido ver todo su propio potencial. Y cerraba la respuesta con la esperanza de que, a partir de ese preciso momento, él se diera cuenta de todo lo que realmente era capaz de hacer.
Esa capacidad de ver en el otro un potencial oculto, la que Rab. Moshe aprendió en carne propia, es la que explica lo que pasó tiempo después, a muchos kilómetros de distancia, con Mica.
Ella nació en Buenos Aires, en Capital Federal. No conoce al Rab. Moshe Itzjak, pero se acercó junto a sus amigas a una comunidad de Jabad, donde conocieron a la morá Mushky y junto a ella emprendieron el proyecto de un “viaje al Rebe”. Durante un año se prepararon para esa visita. En ese tiempo tuvieron muchos shiurim donde estudiaron, entendieron, aprendieron y se focalizaron en ese viaje espiritual.
Semanas antes de su partida, en una mesa de Shabat, Ariel, su papá, comentó que hacía muchos años que estaba dentro de la comunidad y que para él era importante recibir un dólar como señal de que estaba haciendo bien las cosas. Más tarde, en privado, le confesó a Mica que su objetivo final era tener un dólar para cada uno de sus hijos, para dárselos el día de su casamiento.
El día que viajaba, entre las corridas de último momento, su papá volvió a la carga con un mensaje más directo: “Vos me vas a traer un dólar del Rebe”. Mica sonrió incrédula y unos minutos después, sola con Gaby, su mamá, le dijo: “¿Cómo voy a traerle un dólar a papá?”. Gaby la abrazó como único gesto de comprensión. Después fue a donde estaba Ariel y con preocupación le dijo: “No podés ponerle tanta presión a tu hija”. Ariel levantó la vista de la computadora, en la que hacía presupuestos para imprimir las cajitas para las velas de Shabat, y sonrió.
Llegó enero de 2025, cuando el vuelo de American Airlines en el que viajaba este grupo de amigas aterrizó en JFK a las seis de la mañana, bajo un frío imposible. Los días en 770 iban a ser intensos: recorrer el barrio, escuchar historias de primera mano y descubrir a su esposa, Jaia Mushka. Conocer a Mrs. Swerdow y vibrar con el relato de cuando el Rebe volvió a ver a su mamá en París, después de veinte años. ¿Qué hizo la mamá del Rebe horas antes de verlo? ¿Cómo fue ese instante en el que estuvieron cara a cara? ¿Qué pasó después de eso? Cada anécdota era un paso más cerca para seguir conociéndolo.
Llegó el día del Ohel. En el micro hacia el cementerio, su cabeza rumiaba; iba escribiendo en el aire su carta. Se acomodaba la ropa una y otra vez, cada tanto hacía una respiración más honda que el resto y, sin darse cuenta, sonreía. Mushky les había explicado que primero era importante contarle najes: en qué estás, qué proyectos tenés; recién después, la larga lista de agradecimientos y pedidos. Y por último, comprometerse a cumplir una mitzvá como recipiente para recibir toda esa berajá.
Llegaron, bajaron, y Mica observó todo con detenimiento: los bancos con las mesas y los contenedores con papeles en blanco y biromes donde la gente se sienta a escribir; las mesadas con café, té y las famosas “galletitas del Rebe”, que son exquisitas; la limpieza del lugar; el video del Rebe que está en loop y donde mucha gente encuentra sus respuestas; los sombreros, las capotas, los chicos de todas las edades, inclusive bebés en sus cochecitos.
Lavaron sus manos y se sentaron a escribir sus cartas. Cada una separada de la otra, en su espacio, su concentración y su atención. A eso habían ido. Era el momento más importante del viaje, anhelado y soñado durante un año.
Después de un buen rato, Mushky las reunió a todas y se puso a la cabeza del grupo. Cada una prendió su vela, golpeó la puerta y entraron. Mica buscó en su bolsillo derecho, pero la carta no estaba. Entonces buscó rápidamente en el bolsillo izquierdo, y tampoco. “Seguro se cayó al piso”, pensó. Miró adelante, atrás y a sus costados, pero no había nada.
Se le humedeció la mirada. Hundida en su propia tristeza, intentaba no pensar en la carta que había desaparecido —aunque no le quedaba espacio para pensar en otra cosa— y se esforzaba para que nadie lo notara y no arruinar el momento. Cuando pudo, tragó saliva, serenándose un poco. Decidió que su mejor opción era hablar desde el corazón, tratando de recordar lo que había escrito, verbalizando lo que se le venía a la cabeza en ese momento. Cuando se sintió lista, salió. Hizo diez pasos y se dio cuenta de que no le había pedido al Rebe el dólar para su papá. Volvió y lo hizo.
Desde ese momento, a cada lugar que iban ella rezaba para conseguirlo. En 770, en la oficina y en la casa del Rebe. “Era como una misión para mí y como una forma de agradecerle a mi papá, porque sabía que era importante para él”.
Llegó Shabat. Les tocó cenar en lo de los suegros de Mushky, donde las recibieron con todos los honores. Durante la cena se habló del Rebe y escucharon muchas historias más, inclusive los relatos personales del suegro. Mica no sabe cómo ni por qué Mushky tenía presente su necesidad tanto como ella, pero se lo va a agradecer siempre, porque en medio de la noche le contó a su suegro la historia de su alumna que buscaba un dólar para su papá: su historia. La cena terminó. Se despidieron hasta el día siguiente, cuando volverían a verse para hacer Havdalá todos juntos.
A Mica le quedaban pocas horas para conseguir ese tesoro para su papá. Era sábado a la noche y el domingo regresaban. En algún momento soñó con que podía encontrarlo tirado en la calle, pero no pasó. Hicieron el rezo final de Shabat y, cuando ya se estaban despidiendo, el suegro les pidió que lo esperaran un momento.
Lo vio desaparecer en el interior de la casa. Ellas siguieron charlando entre sí y con sus anfitriones. Cuando Ioshu volvió, con una sonrisa que le llenaba la cara, le mostró el billete y le dijo: “Este dólar se lo dieron a la mamá de mi esposa con el objetivo de difundir la mitzvá de prender las velas de Shabat. Es para que puedas llevárselo a tu papá”.
Esta vez no se le humedecieron los ojos: lágrimas descaradas bajaron por sus mejillas. Sintió el caluroso abrazo de todas sus amigas y escuchó palabras de amor en sus oídos; no supo diferenciar de quién, eran una masa humana compacta, todas festejando que la hazaña estaba resuelta.
En Buenos Aires todavía era Shabat. La espera se hacía eterna y la ansiedad era tan grande como la alegría. Mica no podía sacar la vista de su reloj, calculando cada segundo. Cuando faltaba nada para el final, buscó “papá” en su celular. Aun así, tuvo que dejar pasar unos minutos para darle tiempo a él de encenderlo.
La emoción recorrió un océano. No se oían palabras, solo sollozos. Gaby agarró el teléfono cuando vio que Ariel no podía, y siguió ella la comunicación, tratando de acompañar a su hija en una situación que había sorprendido a todos. Más tarde, con más calma, su papá la llamó y, cuando supo cómo había sucedido, pidió el teléfono de Ioshu para poder agradecerle.
Ariel no tuvo en cuenta la diferencia horaria, o quizás la situación lo había superado tanto que ni siquiera registró que estaba llamando a otro país. Marcó el número y, cuando escuchó el “Hello”, se presentó. Le agradeció muchas más veces de las que podía recordar.
En medio de la charla, le contó que una de las tareas de su trabajo era, justamente, imprimir las cajitas con velas que Jabad regala. Ese viernes había estado hablando con los encargados del tema para cerrar la campaña del año. El dólar no podría haber llegado de mejor manera para confirmarle que estaba bien encaminado.

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