Somos nuestros peores críticos. (“¡Qué vago tan perezoso eres!” “¡Qué persona tan egoísta!” “¡Eres un mal cónyuge/padre/hijo!”) En este capítulo exploraremos formas de suavizar el aguijón de estos duros pensamientos autocríticos. Pero primero, un rápido curso intensivo de derecho penal.
En la época medieval, las confesiones se consideraban una razón indiscutible para condenar a alguien. Si la fiscalía extraía una confesión del acusado, el caso quedaba sellado. ¿Qué más se podría necesitar? ¡Él mismo lo admitió!
A medida que la civilización avanzaba, se hizo evidente que muchas personas inocentes estaban siendo obligadas a admitir crímenes totalmente inventados. A partir de la década de 1600, el sistema legal occidental adoptó una ley llamada corpus delicti (“cuerpo del delito”). Estipula que para la condena siempre se necesitan pruebas que corroboren que se ha cometido un delito real. La confesión por sí sola no es suficiente.
Sin embargo, incluso en el caso del corpus delicti, la confesión sigue desempeñando un papel importante: una vez que la policía confirmó que en efecto se cometió un delito, la confesión puede ser a veces la única prueba que apunta a quién es el criminal. En muchos sistemas legales hoy en día, la autoincriminación es suficiente para determinar la culpabilidad de un sospechoso, y no se requiere ninguna otra evidencia.
La ley judía adopta una posición diferente. Rava, el gran presidente de la academia talmúdica babilónica a finales del siglo II de la era común, dio un célebre dictamen: “Una persona es su propio pariente y, por lo tanto, no se puede confiar en ella cuando hace de sí misma un malvado”1. Incluso si se ha confirmado un crimen, si no hay pruebas que indiquen quién es el criminal, no se confía en el propio testimonio de alguien para considerarlo “malvado”, es decir, culpable. ¿La razón? “Una persona es su propio pariente”.
¿Qué significa eso?
Una interpretación2 es que las palabras de Rava apuntan a una profunda verdad psicológica: “Una persona es su propio pariente”: nuestras mentes son incapaces de ser objetivas acerca de nosotros mismos. Tal como nuestras mentes pueden inflar nuestros logros y nuestra autoestima, también pueden exagerar la gravedad de nuestros fracasos. Por lo tanto, dice Rava, incluso si testificas sobre tu propia culpabilidad, tu testimonio no es evidencia suficiente. Tu mente subjetiva puede ver tus acciones bajo una luz mucho peor de lo que la realidad objetiva amerita.
Cuando la gente se reprendía a sí misma al Rebe, describiendo su sombrío estado moral o su existencia fallida en general, él le enseñaba a menudo las reglas de Rava. Le explicaba que, como seres humanos, vemos las cosas de manera subjetiva y, al estar emocionalmente involucrados, nos resulta fácil ver nuestro estado como dramáticamente peor de lo que es. Como concluyó una carta a un hombre que lamentaba su absoluta incompetencia:
Sea la voluntad de Di-s que reconozca la verdad en el dicho de nuestros Sabios, que “una persona es su propio pariente” y, por lo tanto, no juzga su propia situación con precisión, a veces inclinando su evaluación hacia la derecha y a veces hacia la izquierda3.
De manera similar, en respuesta a un joven que afirmó que, a pesar de un año de trabajar para mejorarse a sí mismo, seguía siendo exactamente el mismo individuo defectuoso que antes, el Rebe escribió lo siguiente:
Hay una bien conocida regla de nuestros Sabios: “No se puede confiar en una persona para testificar sobre sí misma”, ya que “una persona es su propio pariente”. Y tal como en lo que respecta a los asuntos legales no se confía en su testimonio ni a favor de su propia inocencia ni de lo contrario [es decir, su propia culpabilidad], lo mismo es cierto en lo que respecta a los asuntos del corazón... Aunque puede ser cierto que tenía la capacidad de cambiar más de lo que lo hizo, ¡Di-s nos libre de decir que en los últimos doce meses no ha cambiado en absoluto! De hecho, el versículo dice4: “Aléjate de la mentira”5.
De modo que el primer punto a recordar al enfrentar un pensamiento autocrítico, es el siguiente: eres “tu propio pariente”. Esto empaña tu perspectiva y te hace susceptible a la exageración. No confíes en la oscura imagen que tu mente está pintando. Con toda probabilidad, no refleja la realidad.
La sabiduría judía lleva esto un paso más allá: la autocrítica exagerada es más que apenas un efecto secundario de tu mente subjetiva. También es un síntoma de una oscura fuerza interior que impulsa activamente tales pensamientos destructivos.
La inclinación negativa
El Talmud enseña que cada persona tiene dos iétzers, dos fuerzas interiores opuestas6. Una te motiva a hacer lo que es correcto, a crecer, a ser mejor; a esta se la llama iétzer tov, la inclinación al bien. La otra busca obstaculizarte y ponerte en el camino de la autodestrucción; a esta se la llama iétzer hará, la inclinación al mal.
Los maestros jasídicos se referían a menudo7 al iétzer hará como der klúguinker (en ídish significa “el astuto”), explicando que esta voz negativa es bastante taimada con la forma en que te deprime. No trata de seducirte con tonterías obvias que claramente están fuera de línea con tus valores (“Oye, ¿por qué no robas ese banco?”). Muy por el contrario, utiliza el diálogo interno moralista negativo en el espíritu de tus principios más queridos (“¡Qué vergonzosamente hipócrita eres!”) para exhibir ladinamente tus debilidades y llevarte a la desesperación.
Nosson Gourary era un adolescente estadounidense y estudiante de ieshivá en la década de 1960. Mantenía una correspondencia continua y varios encuentros personales con el Rebe sobre sus estudios y desarrollo. “Una vez”, cuenta, “me quejé al Rebe de que todo lo que hago es con segundas intenciones.
“El Rebe me dijo que, dado que esto simplemente no es cierto, hay momentos en los que haces cosas sin segundas intenciones, debes saber que es solo tu iétzer hará intentando molestarte, y debes decirle a tu iétzer hará que no tienes tiempo para invertir en él, ya que el asunto es fundamentalmente falso. Especialmente porque el Talmud enseña que mitoj sheló lishmá ba lishmá8, aquel que actúa por motivos secundarios al final llegará a actuar por las razones correctas, por lo que una persona debe continuar cumpliendo la Torá y las mitzvot incluso con motivos ulteriores, y al final sus motivos serán puros”9.
Aquí vemos al Rebe adoptando un modo común de pensamiento autocrítico, uno al que los adolescentes son especialmente propensos (“Todo lo que hago es para impresionar a otras personas... para promover una agenda personal... con el fin de llamar la atención. ¡Soy un fraude!”), y exponerlo como lo que realmente es: una retorcida táctica del iétzer hará que no te llevará a ninguna parte. No te dejes convencer por esta autocensura aparentemente auténtica. Descarta la voz obsesionada con las motivaciones y continúa con las cosas buenas que estás haciendo.
En otra instancia, una joven le escribió al Rebe que aspiraba a dedicarse a la educación y que actualmente estaba inscripta en un curso para maestras. Sin embargo, estaba experimentando una pérdida de concentración y confianza en sí misma, lo que la llevaba a dudar de si era capaz de ser una buena maestra.
“Está claro”, comienza la respuesta,
en base a lo que he oído y sé de usted, que la Divina providencia la ha dotado de talento para la educación, de la capacidad de absorber bien el conocimiento y, en general, de esas características necesarias para tener éxito como maestra y educadora.
Además de lo anterior, una de las tácticas del iétzer hará, que quiere perturbar a una persona en su servicio a su Creador, lo que requiere paz mental, una confianza en que todo lo que hace el Creador es con un buen propósito, y por lo tanto, una confianza en que, junto con los talentos que se le han otorgado, también se le proporcionó la capacidad de concretarlos con propósito, es convencer a una persona de que un revés temporal y normal es de hecho mucho más grave, inflándolo e intensificándolo a sus ojos...10.
Identificar los pensamientos altamente autocríticos como la voz del iétzer hará puede ayudarte a rechazar esa línea de pensamiento. Cuando das un paso atrás y lo ves como lo que es, apenas una táctica de tu inclinación al mal, pierde su control sobre tus emociones y se vuelve más fácil de ignorar.
Todo esto nos lleva a una pregunta importante: ¿no son buenos algunos pensamientos autocríticos? ¿No te permiten algunos de ellos reconocer tus defectos y oportunidades de crecimiento? Y si es así, ¿cómo puedes saber cuándo la voz es constructiva y cuándo es una táctica del iétzer hará?
La conclusión
Hay un barómetro simple de los maestros jasídicos11: pregúntate cuál será el resultado final de estos pensamientos de autorreproche. ¿Te llevarán a hacer lo bueno, a mejorarte a ti mismo, a ser más productivo, o te llevarán a la duda, la desesperación y el estancamiento? Si la respuesta es la última, por muy profundos y virtuosos que parezcan los pensamientos, puedes estar seguro de que provienen del iétzer hará.
Una respuesta a un maestro que le había escrito al Rebe que a veces piensa para sí mismo “¿Quién soy yo para enseñar a otros, sabiendo lo que realmente soy?”, dice lo siguiente:
El barómetro para discernir de dónde surgen tales pensamientos ya es conocido: si lo inhiben de una buena actividad, es seguro que estos pensamientos provienen del “otro lado” [es decir, el lado de la kelipá, la impureza], como enseñó el Rebe Rashab. Termine con la desconcentración y los pensamientos distractores de este tipo, y que pueda compartir buenas noticias de su influencia positiva en sus alumnos12.
Un hombre de negocios estadounidense escribió una vez al Rebe que esperaba mucho más de sí mismo de lo que estaba en condiciones de lograr. Estos pensamientos lo atormentaban y se sentía abatido. En la respuesta, tras señalar que el sentimiento de esperar más de uno mismo cada nuevo día suele ser una virtud, el Rebe continuó,
sin embargo, lo importante es que tales consideraciones deben aportar una medida adicional de energía y actividad. Pero debe recordarse que la energía y la actividad solo pueden provenir de un estado de vitalidad, que es lo opuesto a la frustración. Por lo tanto, si las reflexiones de uno tienen el resultado de traer sólo frustración, entonces lo que hay que hacer es descartar tales reflexiones de la mente para que uno pueda llevar a cabo las actividades diarias con alegría13.
Tzvi Grunblatt nació en Argentina en 1954, de un padre que había sobrevivido a los batallones de trabajos forzados en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial y una madre que había escapado de la Alemania de Hitler. La comunidad de Buenos Aires donde creció estaba compuesta en su mayoría por inmigrantes europeos y sobrevivientes que buscaban un refugio seguro de las cenizas de Europa. Estos enseñaron a sus hijos las tradiciones judías, pero algunos pocos consideraban que el espíritu vibrante del judaísmo se había perdido irremediablemente, junto con todo lo demás de sus antiguos hogares.
Sin embargo, al ser un alma sedienta, el joven Grunblatt gravitó hacia un hombre jasídico que era activo en la comunidad. Algo era diferente en él. Sus conmovedoras plegarias y su pasión por la vida agitaron algo en Grunblatt.
“Si quieres explorar el judaísmo en profundidad”, le aconsejó el hombre, “ve a Nueva York y estudia en la ieshivá del Rebe”. Grunblatt aceptó su sugerencia, viajó a Brooklyn y se aventuró con entusiasmo en el nuevo mundo que se abría ante él. Se sumergió en el mar sin fondo del Talmud, en el universo místico de las enseñanzas jasídicas, en el trabajo vigilante del autorrefinamiento y en la experiencia inmersiva de la oración meditativa.
Sin embargo, a pesar de sus sinceros esfuerzos, se sentía profundamente inadecuado. Se criticaba regularmente a sí mismo que estaba fracasando en sus búsquedas y que no estaba viviendo a la altura de la imagen de un verdadero estudiante jasídico de ieshivá. Acosado por estos pensamientos, sintió la necesidad urgente de reunirse con el Rebe para comentar su estado espiritual. Le suplicó al secretario del Rebe que pasara por alto el tiempo de espera normal y lo incluyera en la apretada agenda. Finalmente, su petición fue concedida.
Grunblatt recordó más tarde: “El Rebe me dijo: ‘con respecto a lo que escribes de que no puedes hacer esto y no puedes hacer aquello, que no tienes éxito en esto o aquello, nuestros Sabios han dicho que “si te esfuerzas, tendrás éxito”. Esto me fue dicho a mí, a ti y a otros judíos. Por lo tanto, como has puesto el esfuerzo, ciertamente tuviste éxito. Tus pensamientos críticos de que estás fallando simplemente no pueden ser ciertos’.
“El Rebe luego continuó: ‘Cualquier tipo de pensamientos que te lleven al abatimiento [ciertamente no son virtuosos, porque] solo distraen tu vigor en la acción, el bitajón [confianza en Di-s] y tu tiempo y energía. Por lo tanto, cualquier pensamiento [denigrante] que te desanime, ¡debes arrojarlo lejos!’”.
Grunblatt se tomó muy en serio esas palabras. Dos años más tarde, como un hombre recién casado, regresó a Argentina con su esposa, Shterna, y encabezó uno de los grandes renacimientos judíos de los tiempos modernos, construyendo y supervisando lo que hoy es una red de más de sesenta sinagogas, escuelas judías y organizaciones de servicio social en toda Argentina.
Al recordar ese encuentro unos cuarenta años después, Grunblatt se detuvo un momento más: “Esas fueron sus palabras a mí... ‘¡Debes arrojarlo lejos!’”14.
Está prohibido
Hay otra herramienta más para desarticular el arma de autodenigración del iétzer hará.
Una enseñanza central en la Torá es la prohibición de participar en lashón hará, es decir, el habla despectiva15. Aun cuando el contenido de lo expresado sea exacto, está prohibido hablar inútilmente mal de alguien, mencionar sus debilidades o contar sus fechorías.
En sus consejos, el Rebe solía citar el dicho jasídico de que “la prohibición de hablar mal de alguien también se aplica a hablar mal de uno mismo”. Y esto no rige solo en casos de exageración; tales modos de hablar están prohibidos incluso si son totalmente ciertos. Lamentar tus defectos sin ninguna razón constructiva no solo no es una virtud, sino que está mal.
“Acabo de recibir su reciente carta”, comienza una respuesta de 1953,
y también he recibido su carta anterior. Estoy consternado por las [duras] palabras que escribe sobre sí mismo. He contado varias veces en el pasado una anécdota que mi santo suegro [Rabí Iosef Itzjak Schneersohn, el Rebe Anterior] me repitió: una persona lo visitó una vez para una audiencia privada y le pidió una manera de enmendar varias cosas. Al plantear su pregunta, se describió a sí mismo y a su estado espiritual en términos terribles. En respuesta, mi suegro le dijo que la severidad de la prohibición de hablar mal de alguien es bien conocida, y esto, continuó, incluye también a uno mismo16.
En una carta en respuesta a un hombre que se criticaba a sí mismo duramente, el Rebe explicó el razonamiento:
La prohibición de lashón hará rige incluso para uno mismo. Y esto es cierto para cada persona. Porque toda persona tiene un alma Divina que es “parte de Di-s”. E incluso en el momento del fracaso, perdura conectada con Di-s17.
Insistir inútilmente en nuestras faltas y errores es una afrenta a nuestra alma Divina esencial, que perdura inmaculada. La estamos denigrando con nuestra desvalorización de nosotros mismo, incluso si es verdad. Tanto más cuando a menudo es nuestra mente subjetiva y nuestra inclinación al mal lo que nos está engañando.
Concluyamos con una breve historia:
Mendel Lipskar era un adolescente canadiense que estudiaba en Brooklyn a mediados de la década de 1960. Dotado de una mente aguda, se destacó en el análisis de los diálogos crípticos del Talmud. Sin embargo, a pesar de su éxito académico, tenía dificultades con su compañero de estudios. “Estábamos constantemente en desacuerdo entre nosotros”, recordó Lipskar. “Lo que él dijera, yo lo contradiría; cualquier cosa que yo dijera, él lo contradecía”. Lipskar comenzó a albergar dudas acerca de lo que esta combatividad indicaba sobre su carácter. Perturbado, decidió plantear el tema en una audiencia con el Rebe.
“Le dije al Rebe que pensaba que algo estaba mal en mí, que estaba discutiendo con este muchacho todo el tiempo. Pero el Rebe me dijo simplemente: ‘Parece que tienes un don para el pilpul’. Por pilpul, se refería a la capacidad de llegar al núcleo de una idea determinada mediante un diálogo y debate intensos. De repente, algo que había parecido ser un problema, ahora lo veía como algo positivo: discutíamos porque estábamos insatisfechos con una lectura superficial del texto; queríamos encontrar un significado más profundo. No era un defecto para denigrar; en cambio, era una virtud que había que cultivar”18.
Sr.
Saludo y bendición:
(traducción libre)
Con la gracia de Di-s
16 de Shvat, 5714
Brooklyn, N. Y.
Recibí su carta del 4 de Shvat. Debido al 10 de Shvat, yahrzeit de mi suegro de sagrada memoria, no pude responderle antes. Y ahora, también, hay una acumulación de trabajo que me impide escribir más que unas pocas líneas.
Me ha complacido ver que se tomó la molestia de escribirme en detalle, y espero que continúe haciéndolo en el futuro.
Con respecto a la pregunta de introspección y balance de uno mismo, mi suegro de sagrada memoria solía enfatizar que uno no debe permitirse esto continuamente. Hay determinados momentos que fueron reservados para el autoexamen y los pensamientos de superación personal, como el mes de Elul y los Diez Días de Arrepentimiento, etc. Y aunque cada día uno debe practicar el “apártate del mal y haz el bien”, revisar el pasado y cosas similares no debe ocupar la mente de uno todo el tiempo, ya que eso interferiría en el cumplimiento adecuado de nuestros deberes religiosos en nuestra vida diaria y lo debilitaría.
En su caso, veo que aunque se siente mucho mejor, todavía hay mucho margen de mejora. Su primer pensamiento debe ser recuperarse físicamente, siguiendo las instrucciones del médico, recordando lo que dictaminó Maimónides (Hiljot Deot, comienzo del capítulo 4) en el sentido de que cuidar la salud de uno también es una de las maneras de servir a Di-s.
Que Di-s lo bendiga con buena salud para que usted y su esposa eduquen a sus hijos para una vida de Torá, Jupá y buenas obras.
Con bendición,
/M. Schneerson/
En conclusión
Los pensamientos autocríticos confunden. Hablan en nombre del desarrollo del carácter, pero a menudo no se sienten del todo bien. ¿Son la voz de tu brújula moral, o algo más que hay que ignorar?
Utiliza esta sencilla herramienta para disipar la confusión: observa los futuros resultados. ¿Esta línea de pensamiento te lleva a un crecimiento accionable, o te abate el espíritu y te lleva a la desesperación? Si de hecho esto último es el caso, como a menudo suele ser, debes saber que estos pensamientos son ciertamente la voz de tu iétzer hará (inclinación al mal) tratando de descarrilarte. Trata a este crítico como el conspirador enemigo que es.
También ayuda recordar lo siguiente: “una persona es su propio pariente más cercano”, e inevitablemente tienes una percepción subjetiva de tus propios defectos. Además, independientemente de la realidad objetiva, tal inútil denigración propia es moralmente errada, ya que menosprecia tu hermosa alma dada por Di-s.
Sin embargo, una vez que hayas identificado estos pensamientos como algo de lo que quieres deshacerte, no necesariamente se irán. De hecho, nuestra mente está poblada de pensamientos con los que preferimos no involucrarnos. Así que, ¿ahora qué?
Esto nos lleva a una herramienta cognitiva más amplia que se encuentra en los consejos del Rebe.


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