El alma de la Torá y sus recompensas

“Si siguen Mis decretos y cumplen Mis mandamientos, les enviaré las lluvias en el momento justo, y la tierra dará su cosecha, y los árboles del campo darán su fruto.”
(Vaikrá 26:3-4)

Las recompensas y los incentivos tienen que estar en sintonía con quien los recibe. Si un niño limpia su cuarto, probablemente se le premie con un caramelo o un juguete. Pero si un electricista repara toda la instalación de una casa, lo justo es que reciba un pago por su trabajo. Difícilmente vas a encontrar un profesional dispuesto a trabajar por tres caramelos la hora, ¿no?

Lo mismo pasa en el plano espiritual. Una persona conectada con lo trascendente puede mirar las riquezas materiales con cierta distancia. Para ella, el dinero, el lujo o el confort son solo herramientas para cumplir su verdadera misión: servir a su Creador, crecer espiritualmente y alcanzar recompensas eternas. Entonces, surge la pregunta: ¿por qué la Torá nos habla de recompensas físicas —lluvia, cosechas, abundancia— si se supone que lo importante es lo espiritual? ¿Dónde quedó el ideal de esforzarse por algo más elevado, más allá del bienestar terrenal?

Esta pregunta cobra aún más sentido cuando nos acercamos a Lag Baomer, la fecha en la que celebramos la vida de Rabí Shimón bar Iojai, el sabio que reveló los secretos profundos de la Torá a través del Zohar. Él fue quien nos mostró el “alma” de la Torá, lo que está más allá de las palabras que podemos leer o escuchar. Así como cada ser viviente tiene un alma que no vemos, pero que da vida al cuerpo, la Torá también tiene una dimensión interna —oculta, profunda, espiritual— que alimenta todo su contenido.

La Kabalá, que Rabí Shimón nos transmitió, revela esta dimensión: nos enseña que cada palabra de la Torá, cada ley, cada historia, tiene significados secretos que van más allá de lo literal. Es como mirar una pintura y, de pronto, descubrir que hay otra imagen escondida detrás, con un mensaje mucho más profundo.

Lo mismo pasa con el mundo. Está compuesto de cuerpo y alma. Lo que vemos y sentimos —el sonido, los colores, las emociones, el razonamiento— forma parte del “cuerpo” de la creación. Pero hay algo más: una energía espiritual, el alma de todo lo que existe, que es D-os mismo. Esa alma está oculta, pero se expresa a través de todo lo creado. Y así como el alma se manifiesta a través del cuerpo, las enseñanzas más profundas de D-os se manifiestan a través del mundo físico.

Cuando estudiamos la parte espiritual de la Torá, la que revela su alma, también empezamos a ver con otros ojos el alma del mundo. Las enseñanzas de la Kabalá y del jasidismo nos dan una mirada nueva, nos muestran que lo que parece físico y simple en realidad esconde algo divino. Nos ayudan a descubrir que todo tiene propósito y conexión con lo trascendente.

Y entonces, volvemos a la pregunta inicial: ¿por qué la Torá promete recompensas materiales? Porque en realidad, lo espiritual y lo físico no están separados. Son parte de una misma unidad. La bendición espiritual no se queda flotando en algún plano lejano: “gotea” también en lo físico, lo llena de sentido y de abundancia. Si solo habláramos de recompensas en el mundo venidero, parecería que hay una separación entre ambas dimensiones, cuando en realidad son expresiones de una misma unidad: la de la Creación y su Creador.

Así que, regalale a tu alma una buena dosis del alma de la Torá. Vas a empezar a ver el alma de la creación en cada rincón. Y sí, tu cuerpo también va a ganar con esta experiencia. Porque al conectar con la dimensión espiritual de la Torá, también vas a valorar mucho más su “cuerpo”, su parte práctica. Y ese nuevo aprecio va a elevar tu vida, hacerla más sagrada, más plena. La bendición de D-os va a llegar no solo a tu interior, sino también a tu mundo exterior.