“¿Es un hombre que se hizo a sí mismo el que le rinde culto a su creador?”. ¿Quién lo dijo? ¿A quién se refería? La verdad, poco importa mientras nos aseguremos de que esa descripción no nos represente.

La parashá de esta semana describe las ofrendas de los nesiím (príncipes) de las doce tribus, en el momento en que el Mishkán, el Santuario móvil del desierto, ya estaba terminado. Anteriormente, al final del libro de Shemot, leemos que Moshé bendijo al pueblo al culminar su labor. ¿Qué les dijo? Nuestros sabios enseñan que los bendijo con estas palabras: “Que sea la voluntad de Di-s que Su Presencia Divina repose sobre la obra de sus manos”. También utilizó una frase que luego se convertiría en parte del Salmo 90:

“Que el deleite de mi Señor, nuestro Di-s, esté sobre nosotros; afirmá la obra de nuestras manos”.

¿Por qué rezar ahora? El momento más lógico para la plegaria parecería ser antes de construir el santuario, no después. En esa instancia, era necesario motivar al pueblo a donar sus ofrendas y a comprometerse con una tarea sagrada. Pero ahora que el trabajo estaba hecho y todo listo, ¿por qué la necesidad de orar?

La respuesta es que Moshé comprendió que un santuario para Di-s no se construye solamente con esfuerzo humano. Se puede levantar la estructura física, pero eso no garantiza que Di-s “quiera vivir” allí. Para eso se requiere una bendición especial, una plegaria que invoque Su presencia sobre la obra realizada.

¿Cuántas veces las personas se convencen de que lo lograron todo por sí mismas? ¿Cuántos creen haber llegado al éxito en base únicamente a su esfuerzo y capacidad? Así, quien se vuelve rico piensa que su fortuna es obra de su inteligencia, su estrategia en los negocios o su instinto certero. ¿Y si su éxito en realidad dependiera de un regalo del cielo?

Los talentos, las oportunidades y hasta el buen juicio también son dones que Di-s nos concede. Y si bien es importante esforzarse y dar lo mejor, también lo es reconocer que hay algo más grande que nosotros en juego. La verdadera humildad es saber que incluso el trabajo más impecable necesita una bendición que lo consagre.

Recuerdo que hace algunos años me enfermé de repente y perdí la voz durante un tiempo. Ahí estaba yo, el rabino, el orador, el predicador, la voz de la radio... y de golpe, completamente mudo. Pasé de ser una persona cuya profesión dependía de saber decir lo justo en cada ocasión, a no poder decir una sola palabra. De la noche a la mañana, quedé inutilizado por algo tan minúsculo como un germen.

Enfermarse puede llevar un instante; sanar puede tomar semanas o meses. Todos necesitamos recordar nuestras propias limitaciones. No importa cuán fuertes, inteligentes o capaces nos creamos, seguimos siendo vulnerables. Nadie se hace solo. No existe tal cosa como alguien que “se hizo a sí mismo”.

Por eso, Moshé nos recuerda que, aunque hayamos trabajado duro, necesitamos una bendición de lo Alto. Ya sea que cerramos un trato complejo, presentamos una idea brillante o logramos algo importante, cada una de esas instancias también precisa de una plegaria. Es vital reconocer la mano de Di-s en nuestras vidas y en nuestros logros. Hagamos nuestra parte, sí, pero no olvidemos nunca pedirle a Él que afirme la obra de nuestras manos.