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Nasó: La Diversidad vs. la Fragmentación

Nasó: La Diversidad vs. la Fragmentación

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Conceptos y Preceptos del Judaismo 

 

Nasó

La Diversidad vs. la Fragmentación

 

Estuve leyendo el libro bestseller CLEAN, de la autoría de mi amigo el Dr. Alejandro Junger, en el cual explica la dieta necesaria para limpiar y recuperar la fuerza del sistema digestivo y, como consecuencia de ella, la del cuerpo en general.

En cierto momento me pregunté: ¿Por qué debería seguir la misma dieta que todos? ¿No puedo yo expresar mis gustos personales?

De repente me sentí identificado con muchos que hacen preguntas similares, aunque sea en otra área de la vida, el del judaísmo.

Uno de los grandes desafíos para el judío moderno es el del pluralismo dentro del judaísmo. O sea, ¿hay algún impedimento para que pudiera expresar mi judaísmo a mi manera? ¿Quién es quién para dictaminar la manera “correcta” de ser judío? ¿Acaso hay una sola manera? ¿Hay lugar para la expresión personal de cada uno?

Digo que es un desafío para el judío “moderno” ya que hasta hace no mucho no hubo muchos matices dentro del judaísmo y quizás a nadie se le ocurrió que el judaísmo debe ser un vehículo por medio del cual expresar la individualidad. Todos estaban ocupados con sobrevivir y la identidad espiritual y/o religiosa se relegaba a la vida comunitaria.

La realidad hoy en día nos permite el lujo de pensar en la actualización y expresión personales y entonces surge la pregunta: ¿Cuáles son los límites - si los hay - de dicha expresión? ¿Hay lugar para mí en el judaísmo o es que el judaísmo me ignora como individuo y debo buscar mi auto-realización fuera del él?

En general se escuchan dos campanas: 1) los que subyugan sus preferencias personales - y las de los demás - a la voluntad Divina; 2) los que interpretan la voluntad Divina a su imagen y semejanza. Creo que ninguna de las dos posturas es la correcta, sino una especie de combinación de las dos. Veamos un buen ejemplo de esto en la lectura de esta semana, Nasó1.

En la lectura de esta semana leemos2 sobre la dedicación del Mishkán (Tabernáculo) por medio de los príncipes de las doce tribus de Israel. Cada tribu tenía su día y en ese día su príncipe trajo la ofrenda de inauguración. La celebración duró doce días.

Todos los príncipes trajeron la misma ofrenda: “Una fuente de plata cuyo peso era de ciento treinta shékel, un tazón de plata de setenta shékel según el peso del Santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda vegetal; una taza de oro de diez shékel llena de incienso, un novillo joven, un carnero, un cordero en su primer año, para holocausto, un macho cabrío para ofrenda por el pecado, y para ofrenda de paz: dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos menores de un año.”

Lo interesante es que cuando la Torá relata cuál príncipe trajo la ofrenda en qué día, no dice simplemente que el segundo día fulano de tal, príncipe de tal tribu, trajo como ofrenda lo mismo que trajo su colega el día anterior, sino que repite todos los detalles de la ofrenda. Generalmente, la Torá economiza hasta con las letras, ni hablar con las palabras. ¿Por qué relatar doce veces el contenido de las ofrendas en vez de simplemente decir, a partir del segundo día, que fulano trajo una ofrenda igual a su colega? ¡Hubiera ahorrado unas cuantas palabras!

Nuestros sabios señalan que si bien los objetos que ofrendaron eran idénticos, el significado de los mismos era diferente para cada tribu, reflejando sus respectivas particularidades.

Tomemos como ejemplo: “Una fuente de plata cuyo peso era de ciento treinta shékel”.

Para la tribu de Iehudá, fuente de la dinastía real de David y eventualmente el Mashíaj, el plato representa la influencia del Rey Salomón y el Mashíaj cuya influencia llegaría a todo el orbe.

Para la tribu de Isajar, quienes se dedicaban al estudio y enseñanza de la Torá, el plato representaba la Torá que es denominada “alimentación Divina”.

Para la tribu de Zevulún, socio de Isajar, el plato representaba el mar, habitat natural de Zevulún, el comerciante.

Para la tribu de Reuven, representaba (por una transposición de las letras que componen la palabra) las acciones del padre de la tribu, Reúven, de anular el plan de los hermanos de matar a Iosef.

Para la tribu de Shimón, cuyo padre de tribu defendió el honor de su hermana, Dina, cuando fue violada, el plato representaba la circunferencia del Tabernáculo de cuyas tierras se usaba para comprobar la inocencia de una mujer sospechada de adulterio.

Para la tribu de Gad, en cuyo territorio Moisés fue enterrado, el plato representaba el nacimiento de Moisés (por una implicancia etimológica de palabra hebrea por plato, Keará).

No da el espacio para desplegarse sobre lo que representaban todos los detalles de las ofrendas para cada una de las doce tribus; creo que con los ejemplos citados alcanza para entender la idea en general.

La idea que se desprende es que tiene que haber una combinación entre lo común y lo individual. La expresión individual debe complementar a las demás expresiones individuales que nacen de la misma base. Hay verdades básicas que son comunes a todos; es su aplicación práctica que difiere entre uno y otro. Las diferencias son válidas siempre y cuando no contradigan la base esencial. Cómo se define qué es lo esencial e inamovible del judaísmo y qué es lo que está sujeto a interpretación y expresión individual, es tema para otra ocasión, si D-os quiere.

Cabeza y Brazo

Este concepto se expresa también en el precepto de colocarse los Tefilín.

Los cuatro párrafos de los Tefilín que se colocan sobre el brazo se cubren con una sola caja de cuero, mientras que los que se colocan en la cabeza están cubiertos en cuatro cajas, un párrafo por caja.

Una enseñanza de esto es que en el mundo de las ideas hay muchas opciones, y está bien que las haya. En el plano de la acción, empero, tiene que haber unión. La diversidad de ideas nos enriquece a todos siempre y cuando no cree una fragmentación y “corto circuito” en el plano práctico.

El Encendido del Candelabro

La semana que viene estudiaremos la lectura de Behaalotejá3. Abre con el mandato de encender el candelabro de oro. El candelabro tenía siete brazos, todos extendiéndose del mismo tronco de oro y todas las luces a la misma altura.

Representa la misma idea: el judaísmo permite diferencias que son necesarias y positivas, y ninguna es superior a la otra; siempre y cuando nacen y se nutren del mismo tronco.

Lo mismo pasa con la dieta CLEAN: hay una gran variedad de recetas de las cuales uno puede elegir su preferencia. Son todas compatibles porque se basan en los mismos criterios; no sirve todo lo que se le antoje a cada uno.

¡Que tenga un Shavuotinspirador!

 

1. Números, 4:21–7:89

2. ibid, cap. 7

3. Números, 8:1–12:16

4. 3-5 de junio

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