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La Fe Judía

La Fe Judía

Por Eliezer Shemtov

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Vivimos en un mundo en el cual gran parte de nuestro pueblo cree que no cree. Digo que cree que no cree porque por lo general dicen no creer sin saber de qué se tratan nuestras creencias.

Veamos algo de las creencias básicas del judaísmo.

Los Trece Principios

Maimónides sintetiza el credo judío en los siguientes trece principios:

1. Que D-os crea y dirige a todas las creaciones, y El, solo, hizo, hace y hará todo lo que existe.
2. Que D-os es uno y que no hay una unidad como El. Sólo El es nuestro D-os. Fue, Es y Será.
3. Que D-os no es un cuerpo. No le pasa lo que le pasa a un cuerpo. No hay nada que se Le compare.
4. Que D-os es el primero y último.
5. Que corresponde rezar sólo a D-os y a nadie más.
6. Que todas las palabras de los profetas son verdades.
7. Que la profecía de Moisés es verdad y que es el padre de los profetas tanto de los que lo precedieron como los que vinieron después de él.
8. Que toda la Torá que tenemos fue entregada a Moisés.
9. Que esta Torá no será cambiada y que no habrá otra Torá proveniente de D-os.
10. Que el Creador conoce todas las acciones y pensamientos de los hombres.
11. Que D-os premia a los que cumplen con Sus órdenes y castiga a quienes las violan.
12. La llegada del Mashíaj. Y aunque demore, esperar su llegada cada día.
13. La resurrección de los muertos en el momento que D-os así lo disponga.  

Maimónides identifica los versículos bíblicos en los cuales se basan cada uno de estos principios. Cada uno de dichos principios contiene muchos detalles y pormenores que están explicados en su magnum opus, el Mishné Torá.

(Hay autoridades halájicas que discuten con Maimónides en cuanto a cómo codificar los fundamentos de la fe judía, pero es tema para otra ocasión.)

¿Ver para creer?

Analicemos, a continuación, la dinámica de la fe en general y su rol en la vida cotidiana.

¿Cuándo y cómo se aplica la fe?

No es verdad que “ver es creer” ya que no hace falta creer lo que uno puede comprobar y ver. Y si se trata de algo que uno no puede comprobar, ¿por qué y cuándo debería creer?

Hay muchos que desestiman la fe en general como una especie de superstición; una muleta irracional sobre la cual se apoyan aquellos que no les da la cabeza o formación como para entender las cosas.

¿Es la fe una expresión de fuerza o de debilidad?

Para poder responder hace falta primero entender qué es lo que se quiere decir con “fe”. Fe tiene una implicancia que va más allá de simplemente creer en algo porque así te lo dijeron. Tiene la implicancia de “convicción”. Cuando uno sube al avión no sabe a ciencia cierta que lo va a hacer llegar a su destino; sube porque tiene fe. Más que “fe” es una convicción y certeza no comprobable. Si bien no es racional, tampoco es irracional.

Ahora bien. ¿Qué hace el que no tiene fe? ¿Acaso se le puede exigir a uno que crea en lo que no cree?

La respuesta a esta pregunta está en la palabra hebrea por fe: Emuná. Emuná tiene también la implicancia de “adiestramiento”. La fe nace de la costumbre. Cuando uno está acostumbrado al hecho de que el avión vuela y llega a destino, no hace falta convencerlo que suba al avión. En cambio, un aborigen que nunca vio volar un avión, difícil que crea que el avión podrá llevarlo a su destino. Otro ejemplo: cuando uno va al supermercado y compra algo a cambio de unos billetes, ¿qué lógica tiene? ¿Acaso un kilo de papas tiene un valor igual a unos billetes o monedas? Obviamente, la respuesta es que los papeles representan un valor real, aunque ellos mismos no tengan un gran valor intrínseco. La mayoría de la gente ni se cuestiona por qué alguien debería darles algo de valor intrínseco a cambio de esos papeles. Están acostumbrados a que la cosa funciona así. Intenta comprarle algo a cambio de billetes a un aborigen en su habitat natural. Te mirará como si caíste de la luna. ¿Por qué debería dar comida a cambio de unos papelitos? Si bien se le puede explicar eventualmente cómo funciona una economía en base a dinero, hasta que no lo entienda tiene para optar entre creerle o no creerle. En la jungla es difícil que lo crea, pero una vez que llegue a la ciudad y vea que funciona, será más fácil que acepte que es un sistema válido, aunque no sepa explicar por qué funciona.

Algo parecido ocurre con nuestra creencias. Si uno no está acostumbrado a ellas, resulta difícil aceptar su veracidad. La fe viene con el acostumbramiento y familiarización.

Ahora bien, uno puede acostumbrarse a creer en cualquier cosa. ¿Cómo elegir entre creencias legítimas y creencias ilegítimas?

Hay dos posibles respuestas:

1) Es una cuestión de confianza. Si bien los fundamentos de la fe judía son axiomas que no tienen cómo refutarse ni comprobarse, creemos en ellos porque confiamos en la fuente. Hubo más de 2.000.000 testigos oculares cuando recibimos la Torá hace 3325 años al pie del Monte Sinaí;

2) La naturaleza del alma lleva a que perciba dichas convicciones como reales. Por ejemplo: decir que está mal asesinar porque cada uno tiene derecho a vivir es una afirmación que no es ni comprobable ni refutable. Las sociedades que aceptan esta “ley” la hacen como algo “evidente”. Lo mismo ocurre con el judío con las demás creencias mencionadas.

Sansón y Dalila

En la historia de Sansón y Dalila vemos que luego de mentirle reiteradamente a Dalila en cuanto al secreto de su fuerza supernatural, finalmente le dijo la verdad: si se le cortara el pelo, perdería toda su fuerza. Dalila aviso a su cómplices filisteos y cuando estaba durmiendo, le cortó el pelo y llamó a los filisteos quienes lo llevaron en cautiverio.

Preguntan nuestros sabios ¿por qué creyó Dalila a Sansón luego de que vio varias veces que le había mentido? Una de las respuestas que el Talmud da es: Nikarin divrei Emet, o sea se reconocen palabras de verdad. La verdad resuena de una manera diferente….

Lo mismo podemos decir en cuanto a la transmisión de nuestras tradiciones y creencias milenarias: no precisan pruebas y las creemos porque resuenan en nosotros con el timbre inconfundible de la verdad.

Un ejemplo ilustrativo para entender ese mecanismo de convencimiento es la convicción que tenemos en que el Holocausto realmente ocurrió. Aunque yo personalmente no lo vi, estoy seguro que pasó porque vi los ojos que lo vieron… Escuché de primera fuente sobre las atrocidades, y ya no necesito otras “pruebas”. Nikarin Divrei Emet.

 

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